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Después del paso del “huracán pueblo” el jueves último, el que abarcó con sus generosas alas a todos los rincones de Colombia, llega la hora de recoger los papeles, las banderas y distinguir en la espesura asfáltica, a todas esas voces llenas de dolor, aflicción y sentimiento que transitaron por sus calles en nombre de los secuestrados.
Manifestación sin precedentes que sirvió para comprobar la existencia de una marcada división entre la opinión pública y la política pública.
Es ahora tiempo de balances, de sumas, restas y de los falsos positivos que entregan las bases políticas. Cada sector de la vida nacional concurrió a la manifestación portando en sus mochilas su propio plan de vuelo. Movilizados por diferentes motivos e intereses. A todos los guiaba por lo menos en la superficie, un espíritu altruista: marchar en defensa de la dignidad humana. Los unía el temor, la vergüenza, el espanto…. Fue un grito, sincero, emocional y una parada hibrida donde convergieron diferentes vertientes políticas e instituciones emparentadas con los derechos civiles.
Sin embargo el ciudadano de a pie, quien caminó las amplias avenidas de las distintas ciudades colombianas, quien detuvo su automóvil y sacó su pañuelo blanco o simplemente estuvo parado al lado de la vía, entre resignado y esperanzado, percibe a los actores del drama local con cierta desconfianza. Veamos:
La Iglesia: Parece estar más preocupada por la salud económica que por la moral de sus miembros. Poco ruido y pocas nueces. Trabaja en silencio por la liberación de los secuestrados, pero el pueblo raso comienza a sospechar que predica entre hombres de piedra y pocos la ven como parte comprometida en el conflicto. Ha dado albergue al “canciller” de las FARC, Rodrigo Granda, por cuestiones humanitarias casi en el mismo periodo en el que los guerrilleros asesinaban a los diputados del Valle. Rinde cuentas sólo ante Dios y ante la historia…
El Gobierno: Habla a través del todopoderoso, contradictorio y beligerante, presidente Álvaro Uribe quien emplea un lenguaje de barricada que poco ayuda a disipar el caldeado olor a pólvora. Está convencido que el único medio para recuperar a los secuestrados es bajo el imperio de la fuerza. (Uno puede creer en la fuerza bruta, pero la razón bruta es inaceptable). Ha dado muestras contundentes y tiene poder de fuego para encarar varias guerras dialécticas. Al mismo tiempo que desacredita a la oposición, ataca a la prensa (remember Semana) y le alza la voz al “big brother” americano por la firma del TLC. Los cadáveres de los 11 funcionarios sacrificados, parecen representar para su gobierno más un “arma política”, un caso para mostrar internacionalmente sobre la barbarie insurgente, que un gesto humanitario hacía los familiares de las víctimas.
La guerrilla: Asesinos por naturaleza. Ha hecho de la industria del secuestro su medio de vida. Su Secretariado tiene, suponemos, un proyecto para tomar el gobierno, pero le cuesta definirlo. Tal vez el plan consista en crear, caos, pánico y terror en la población controlando sus destinos sociales. Hace tiempo que se apartaron de la hoja de ruta de la década de años sesenta y setenta (los ideales del mayo francés) y ahora trafican con la muerte, la desolación, la cocaína y la desesperanza. Los secuestrados son su botín de guerra. Quieren el despeje para demostrar poderío ante la audiencia extranjera; obligar a negociar al alto gobierno y torcerle el brazo a Uribe. La gran ironía es que hasta el gobierno de Estados Unidos quiere negociar con ellos para la devolución de sus tres nacionales. Uribe lo considera una claudicación.
La clase política: Magos en el uso y el abuso de las palabras vacías. Hábiles promotores del Lampedusa dixit: “que todo cambie, para que todo siga igual”. Se critican, se culpan y se disculpan entre ellos. Los secuestrados son un tema álgido en sus agendas. Ellos están para discutir jubilaciones de privilegio, quién sucede a quién y entregar condecoraciones a sus pares… por supuesto.
El pueblo: El verdadero doliente de una situación que abruma y entristece, está cansado, indignado, asqueado de tanta violencia sectaria. La puja por garantías que exigen las FARC, para devolver los cadáveres de los diputados asesinados en cautiverio, es un nuevo episodio de esta sinrazón.
Esa sociedad fue la que salió a manifestarse el 6 de julio reclamando un escenario de diálogo, no de confrontación. Sabe que al alma guerrillera poco la conmueven esos arrebatos populares, pero lo intenta con determinación y fe. “Una crisis es mitad una catástrofe, mitad una oportunidad”, decía el Premier Inglés Winston Churchill.
Todas las voces, todas, todas las manos, todas, unidas y solidarias en un solo abrazo, exigiendo la libertad y el pronto regreso a casa de todos los secuestrados.
¿Usted piensa que sirvió para algo la marcha del 6 de julio?
Creado por jlinares50
06:44:48