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10.04.08

Odio xenófobo prende la hoguera

En un acto que subleva nuestra repugnancia, dos personas fueron quemadas vivas en el cantón costero de San Vicente, de la provincia de Manabí a 430 kilómetros de Quito.

Según la policía lugareña los dos hombres de nacionalidad colombiana, uno de ellos identificado como Héctor Fabián Hernández Quimbaya, de 28, habrían asaltado y asesinado a Ramón Zambrano, de 64. Próspero comerciante del sector quien portaba 11 mil dólares para depositarlos en un banco, cuando fue interceptado por dos individuos que se movilizaban en una motocicleta, la cual inexplicablemente se les apagó cuando trataron de huir. “Ciego a las culpas el destino puede ser despiadado hasta con las mínimas distracciones…”

Guarecidos en la intensa maleza, alterando la gran paz del atardecer, los forajidos creyeron, soñaron, escapar una vez más, de ese destino brutal que desde el fondo de los días los perseguía. Pero cuando la tarde moría - sollozando al occidente- la ley los sorprendió y les echó el guante.

Aquí la historia se pierde o se confunde. La versión oficial asegura que la muchedumbre literalmente le arrancó a la policía los dos detenidos y procedió a torturarlos; pero es más verosímil suponer que ambos sujetos fueron entregados por los mismos funcionarios a la turba enardecida. Una muchedumbre que no buscaba justicia: buscaba condena. Los criminales confesaron su delito. El odio xenófobo obró como un acicate… el espectáculo estaba garantizado.

No los mataron inmediatamente, no. Había que hacerlos sufrir por el ultraje padecido, por la ofensa agravada a un pueblo hospitalario. Por matar a un hombre que era una especie de referente por su generosidad y bondad. Un vecino acucioso y siempre listo a colaborar con la sociedad.

Terrible e injusto había sido el crimen, terrible e implacable tenía que ser la represalia. Había que saciar esa sed de venganza tan propia del género. Había que darles un escarmiento ¡a estos colombianos! que sacudiera los trapos de la justicia. Había que prodigarle un castigo ejemplar, un castigo que seguramente recordarán y hablarán las generaciones venideras: “¿dónde estabas el día que entre todos quemamos vivos a dos ladrones?” En la tierra del olvido y la miseria (la humana que es la peor de todas) la ley le pertenecía al populacho exacerbado. Es como si los hombres hubieran decido en esa tarde de perros, bajar de grado, ser inferiores, caer en los peldaños más bajos de la escala de valores.

La malevolencia está incrustada en el pecho del hombre, es su sello de fábrica, desde el nacimiento mismo de la humanidad. Entonces, ¿qué le hace una mancha más al tigre?

Referir con alguna exactitud lo que aconteció en el cantón de San Vicente, es un ejercicio inútil. Además, ¿qué importancia puede tener la muerte de dos pillos? ¿Acaso eso no pasa todo el tiempo? Sin embargo, la forma y el salvajismo más primitivo es lo que duele, lo que hiere, lo que lastima.

No basta descender al infierno para saber describirlo.

Imagino, creo imaginar, gritos inconexos de la multitud pidiendo justicia. ¿Pero dónde encontrar justicia en un pueblo que solo tiene agua potable tres veces a la semana, no hay escuelas y la pobreza abunda? Sumado a esto, los gobiernos con sus discursos incendiarios han atizado el fuego del chovismo en América Latina. Porque esta acción demencial de ningún modo es gratuita.

Nos consta que los malhechores fueron amarrados de pies y manos por seguras cuerdas. Es inevitable conjeturar que pidieron perdón por todas sus culpas, por sus faltas, por su ignorancia, por su pobreza. Por haber nacido en un país de emigrantes, saturado de violencia, desplazados, políticos corruptos y gobernante insensibles. ¡Clamaron con la cara al cielo por un gesto de piedad! Todo resultó inútil, la sentencia ya estaba dictada. La tarde apacible se tornó agria y hostil.

De los insultos e imprecaciones los victimarios pasaron a los hechos. ¡La chusma exigía sangre! La leña, velozmente recogida entre el vecindario, se transformó pronto en una hoguera de pasiones desbordadas en la que los dos delincuentes ardían consumidos por el fuego del infierno terrenal. El pueblo observaba impasible su obra siniestra.

La contemplación del dolor ajeno produce deleite únicamente en individuos anormales. Nadie sano de mente y corazón ve en la tortura física o moral y en la muerte un objeto curioso. Por otra parte, la muerte de cualquier persona que de algún modo u otro, uno pueda llegar a imaginar, despierta compasión.

A la medianoche los cuerpos todavía humeantes de los dos colombianos incinerados fueron retirados, recogidos del parque central. La limpieza social había sido consumada.

La voz de Caín retumba en la conciencia de los testigos de ese horror con más fuerza que de costumbre: “¿Qué haz hecho de tu hermano?”

¡Es terrible haber asesinado a un alma!

  • Creado por  jlinares50 Creado por jlinares50
  • Posteado en 10:59:40
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