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Al galope llega la marcha del 6 de marzo. La sociedad colombiana otra vez sacude los trapos de la vergüenza. Luego del fenomenal suceso que constituyó la marcha contra los criminales de las FARC, ahora es el momento de expresarse contra los matanceros, los descuartizadores, los ángeles exterminadores, los vengadores del Magdalena grande, Córdoba, Sucre, Cundinamarca, Valle, Catatumbo, Norte de Santander, Casanare y Meta: los célebres paramilitares.
¡La historia la escriben los asesinos!
Hay que remitirse a los despiadados hombres del líder maoísta camboyano Pol Pot, los Jemeres Rojos (¡no te quitan la vida, sino los ojos!), para encontrar un ejército tan particularmente cruel: las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, que hicieron de la barbarie, el terror, el miedo y el genocidio su medio de vida, su credo, su religión. La motosierra y el machete son sus herramientas de trabajo. Nadie se llame a engaño. ¡Estos son lo peor de la raza!, dinero y poder son sus señales de identidad. ¡No toman prisioneros! La muerte es su bandera.
En la guerrilla puede haber – repito, puede o pudo haber – algo de ideología, alguna vocación de servicio, quizás, al menos en sus comienzos, alguna idea vaga de luchar por una sociedad más justa, más libre. En los grupos paramilitares no hay otra cosa que ambición, dinero, droga, dolor, sangre, sometimiento, corrupción, desplazamiento y víctimas. Partiendo de la nada han alcanzado las más altas cimas de la miseria humana.
Niños, mujeres y ancianos fueron clasificados como “enemigos” y ejecutados por las AUC, léase descuartizados, bajo el notorio influjo de políticos, empresarios, financistas y militares. Todos unidos por una misma causa: sembrar el miedo y apoderarse de las tierras de sus sacrificados. Ni siquiera los asentamientos indígenas se salvaron de la ambición del hombre blanco.
Las masacres han cimentado su fuerza y extendido sus dominios: Mapiripán, Mejor Esquina, El Aro, La Negra, Pueblo Bello, El salado, Honduras, ¿tiene tiempo?, ¿quiere que siga? En la infame década de los 90 se cargaron a más de 15.000 compatriotas. Las fosas comunes se cuentan por miles. ¡Lo dije ya!, machetes, motosierras y serpientes venenosas “a la orden”.
Un trámite fácil es pensar que las autodefensas nacieron para contrarrestar la influencia de las FARC en distintas regiones del país, pero a la luz de los resultados es más factible suponer que aprovecharon la coyuntura de desprotección oficial para adueñarse, a través de métodos violentos, de una buena parte del territorio nacional.
Una mafia organizada, con unidades de élite estacionadas en los centros de poder. Con congresistas vocingleros que defienden su parcela a cara de perro y un gobierno condescendiente que promueve un decoroso infierno terrenal para los políticos implicados con los narcoparamilitares, con leyes a medida y con cárceles donde todo está permitido, incluso mantener un arsenal personal.
Un gobierno que masculla odio cuando se refiere a los insurgentes de las FARC, pero se muestra “blandengue” y con la guardia en alto cuando la opinión pública le reclama una mayor consistencia frente a los desmanes de los paramilitares. Vende la cristiana idea de que el paramilitarismo ha sido derrotado a punta de catecismo, leyes y decretos, mientras nuevas incursiones de ese grupo criminal refutan esa teoría. Hasta el propio Secretario de la OEA, José Miguel Insulza, cayó en la torpeza de hablar en pasado de esa organización delictiva. ¡Están vivos!, agazapados… confesando en los estrados crímenes en forma desafiante, ¡a ver quien se atreve a ponerle el cascabel al gato! Niéguenles algún beneficio (los mismos que ellos le negaron a sus víctimas), atrévase a extraditar tan sólo a uno de ellos y los verán coger el monte, otra vez altivos, crueles, despiadados.
Lo triste, lo llamativo, es que gran parte de la sociedad colombiana ve a los paramilitares como “salvadores”, como héroes. “Son un mal menor”, dicen y se tapan los ojos y los oídos para no ver ni escuchar los gritos lastimeros de los compatriotas campesinos.
Mucha de la gente que concurrió a la manifestación contra las FARC, el 4 de febrero, lo hizo movida por la conmovedora fotografía de Ingrid Betancourt y las pruebas de supervivencia de los otros cautivos. Ese fue el detonante que zarandeó el corazón y la conciencia de miles de colombianos. El repudio ciudadano fue sentido y masivo.
Por el contrario las miles de víctimas de los paramilitares, no tienen rostro, (marketing), son campesinos rasos, son invisibles. No hay entre ellos una figura relevante que los aglutine, que los diferencie. No hay una víctima VIP en su cartelera que obligue a los organismos multilaterales a reuniones urgentes para tratar sus casos. Las fuerzas regulares del ejército nacional, por acción u omisión, también, los ignoran.
El 70% de la población colombiana (que casualidad, el mismo porcentaje de favorabilidad que le otorgan las encuestas a Uribe) no cree en el horror de los paramilitares ni en los abusos de la Fuerza Pública, el otro 30% se niega a creer.
Los medios de comunicación que estuvieron tan activos a favor de la movilización en contra de las FARC hoy se muestran dubitativos, reacios a concederle espacios, despliegue a esta marcha por temor a “molestar” al alto gobierno y a las fuerzas militares. Más ahora que el gobierno se encuentra abocado a defenderse en los estrados internacionales, acusado de haber violado la soberanía de Ecuador.
Las tenebrosas FARC y las despiadadas AUC rodaron, hace tiempo, al mismo y formidable abismo. Ambas con sus actos han tocado el nervio social de la población. Imposible ocultar, imposible encubrir, imposible callar, “¡Imposible nothing!”… ¡Hay que salir!, ¡hay que luchar! contra la pereza y comprometerse: ¡hay marchar!
¡No hay justicia sin condena!
“Todos los incurables tienen cura, cinco minutos antes de la muerte”
Creado por jlinares50
02:28:00