24.07.07
Al diablo con este cura
Otro ladrillo en el muro de la vergüenza acaba de agregar el Tribunal Eclesiástico de Bogotá, al conceder la “presunción de inocencia” al padre Efraín Rozo Rincón, nacido en Chiquinquirá (Boyacá) en 1928; un ex ciclista, especialista en persecución individual y por equipos a jóvenes seminaristas del Colegio Mayor.
La fumata blanca del alto Tribunal Eclesiástico (cualquier parecido con la Justicia Penal Militar es pura coincidencia), constituye una burla a la sociedad, a su feligresía y una "vía dolorosa" hacia la impunidad.
Rozo, un “arrepentido social” que busca el empate sobre la hora (tiene casi 80 años), antes de enfrentar la definición por penales con la justicia Divina, había admitido el año anterior, a través de un video casero, haber abusado sexualmente de dos menores de edad en 1969. Luego de esa “blanqueada de conciencia” y quizás asesorado por los mismos miembros del Tribunal que lo acaban de absolver, se echó atrás y negó haber dicho lo que dijo.
La opinión pública sospecha que el fallo de inocencia por prescripción, es una burda maniobra legal (léase encubrimiento) que le evitará a la Arquidiócesis afrontar futuras demandas e indemnizaciones por parte de las victimas del padre Rozo u otros.
Es fama que todo cura tiene una sobrina a la mano para "casos de necesidad y urgencia"; Rozo, introdujo la variante del sobrino. Los pormenores de esa sórdida relación que ofende al bajo mundo del arrabal son irrecuperables e infinitos.
Se sabe que Ernesto Rozo sobrino del religioso, lo denunció ante las autoridades de Estados Unidos y el “pastor” aceptó los cargos. Convirtiéndose en el primer reconocimiento público de un sacerdote colombiano en prácticas de pederastia. En los próximos días, la Arquidiócesis de los Ángeles deberá cancelar más de 650 millones de dólares en inmdenizaciones, a las víctimas de abusos sexuales perpetrados por clérigos locales, incluidos los de Rozo.
La oscura historia del padre Rozo, elevado a la categoría de prócer deportivo, por la “high society” bogotana de los años 60 y 70, es conmovedora pero de ninguna manera original. La Iglesia más preocupada por la salud económica que por la moral de sus miembros, afronta desde hace mucho tiempo una grave crisis de valores en su seno.
Los casos de curas que predican el evangelio con la bragueta abierta se han ido multiplicando en el mundo y amenazan con resquebrajar las estructuras de una institución que necesita de una urgente mano de barniz moral en sus paredes.
En las últimas décadas y por diferentes causas, la Iglesia se ha visto sacudida por escándalos que han puesto en entredicho su prestigio como garante de la moral pública.
En los años 70, durante la dictadura en Argentina, la Iglesia fue la encargada de bendecir las torturas y los aniquilamientos selectivos de los enemigos del régimen. Incluso se sospecha que escondía en sus conventos y tierras a prisioneros políticos que luego serían “desaparecidos” o muertos “cuando trataban de huir”. En el juicio al ex capellán de la policía bonaerense Christian von Wernich que se ventila por estos días en Argentina, (“a estos hay que acabarlos a todos, gritaba mientras le aplicaba “picana” a los detenidos”), están saliendo a flote siniestras revelaciones del clero para “bajarle los humos” a la rebeldía opositora.
En los 80, fue el “affaire” del Vaticano con el Banco Ambrosiano, “el banco de dios” lo que salpicó a la blanca sotana papal. Los protagonistas principales de aquel devastador desprestigio que sufrió la Iglesia católica, en tiempos modernos fueron, el intrigante arzobispo Paul Marcinkus y el banquero líder en la Finanza católica, Roberto Calvi. Este último apareció colgado del cuello, con dos seguros ladrillos en los bolsillos, en el puente de Blackfrias, en el centro de Londres en junio de 1982.
Las diabluras del padre Rozo que la Iglesia colombiana trata de archivar en el cajón de la historia a través de un veredicto amañado, abre aún más la brecha existente con la sociedad civil y pone a esta institución bajo la luz de la sospecha permanente.
El celibato en el ejercicio del sacerdocio, por otra parte, es una asignatura pendiente que los purpurados y el Vaticano en algún momento tendrán que revisar.
Cuando la Iglesia sufre es que puede decirse que triunfa; el sufrimiento la purifica, la ennoblece, la dignifica, la hace creíble, confiable e invencible ante los ojos de Dios y su pueblo.
Que la muerte me pille confesado...¡por mi madre!.
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Creado por jlinares50
17:21:48