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Cruzaron las espadas con fierezas, sin miedo, sin odio, solo coraje y el grito desgarrado que se descuelga del pecho ofuscado, ansioso e inunda de flores rojas las estepas rusas. En Moscú bajo la luna incierta de mayo la noche trae recuerdos de acero. ¿La batalla? Está escrito que para que se tenga como real tiene que haber un vencedor y un vencido. Es una ley beatificada que viene desde el confín de los siglos, pero que los hombres de hoy actualizan con arrogancia y soberbia. Nadie ignora que toda victoria se justifica a si misma. La derrota, en cambio, es la crónica de un niño solo. Es el relato de un llanto pesaroso, íntimo, que penetra la piel del universo. Parece injusto, pero no lo es. ¡La historia la establecen los ganadores!
“A la gloria no se llega por un camino de rosas”, escribió en1968, el maestro Osvaldo Juan Zubeldía en una pizarra, (que aún se conserva en el vetusto Old Trafford) el día que Estudiantes de la Plata conquistó el título de campeón intercontinental frente a Manchester United. Aquel de Bobby y Jackie Charlton, George Best, Gordon Banks, una hornada de jugadores difíciles de obtener en una misma panadería. Un vino de consagrar, que de tanto en tanto, el fútbol nos da licencia para beber hasta emborracharnos de la dicha.
Esta vez la pelea fue entre dos viejos conocidos del barrio: Manchester United, los Red Devils y los Blue del Chelsea. Instituciones inglesas repletas de fábulas, de cicatrices de guerra, de escudos heráldicos, de marketing y, finalmente de historia. En otro tiempo hubieran podido ser amigos – esta noche- fueron amargos rivales.
Ambos llegaron al estadio de Luzhniki de Moscú dispuestos a llevarse - “win or go gome”- a la “Orejona”, la copa más deseada, la más apetecida, la más respetada: la Liga de Campeones.
Y la final a nadie defraudó. Se necesito extra-time y la tanda de penales para decidir el mejor. La puntería, la sangre fría, los postes y el azar sellaron la contienda: Manchester United se alzó con la victoria en un partido que la gente prudente tardará en olvidar.
El duelo inglés arrancó con pocas ocasiones de peligro. Sólo Cristiano Ronaldo echaba humo por la punta izquierda, ante un contrariado Essien que no alcanzaba a bajarle la barrera al tren portugués. El Chelsea tratando de impedir que el Manchester aplicara su ritmo y les torturara con su fútbol de hierro.
La sala de máquinas, el mediocampo, de ambos equipos trabajaba a pleno. El incombustible Makelele, un auténtico dealer quitaba y repartía balones en el centro del terreno. A Manchester United le incomodaba la presión de ese negro obsesionado por destruir. Sabía que para poder desarrollar su juego necesitaba llevar la iniciativa y la tomó, dejándole a los “blue” las migajas de un contragolpe afortunado.
Un centro al área de Wes Brown que Terry y Carvalho ven pasar y Ronaldo de feroz cabezazo saca petróleo en tierra santa: 1-0. Los goleadores, como los amigos, son para las ocasiones. Conmovido por la conquista ajena el Chelsea entró en el vulgar mundo de las necesidades. Apretó el paso y cuando el final de primer tiempo moría concretó su venganza. Un mal rechazo de la zaga roja y Frank Lampard que grita presente en la noche rusa: 1-1.
En el segundo período el Chelsea empuño el hacha, adelantó sus líneas, presionó con fe y fue encontrando huecos en la defensa del “ManU”. Pudo haber definido el match a su favor, pero los postes, en dos ocasiones se atravesaron en su destino. No era su día.
En el primer tiempo El Apache Tevez había gozado de dos inmejorables ocasiones para encender la hoguera, pero los buenos reflejos de Cech le impidieron comenzar la fiesta. En el segundo se batió solitario frente a férrea defensa londinense luego que el técnico escocés Alex “cara roja” Ferguson sacara del campo a su camarada de hazañas memorables, el irascible Wayne Rooney. El Chelsea era más en el césped resbaladizo del Luzhniki, pero la suerte estaba con el campeón. El empate en los 90 minutos reglamentarios fue justo.
El suplementario fue solo un formalidad. La despiadada lluvia moscovita, la tensión y el cansancio hicieron mella en los players. El Manchester y el Chelsea aceptaron los penales con resignación y esperanza.
La tanda de penales fue dramática. El capitán del Chelsea, John Terry, tuvo la gloria en sus pies, pero no creyó en ella. Edwin Van der Sar se recibió de héroe. El llanto de los blue copó la parada. Estaba escrito que aquella noche perdieran a su amor.
Era un solo día, era una final. Pero una final es una final, y a igualdad de entusiasmo a veces ganan los mejores…
Game over: Manchester United es un digno campeón de Europa.
¡Aleluya!
Colombia ha entrado, ya hace un tiempo, en la categoría de los “estados malogrados”. Países que comparten ciertos atributos primarios como su incapacidad para proteger a sus ciudadanos de la violencia. Con instituciones débiles o corruptas y un mandatario autoritario que se considera más allá del alcance de la ley nacional o internacional, por lo tanto libre de concretar actos de agresión.
Estados que no respetan las leyes internacionales y que ponen en grave peligro la paz en la región socavando en su delirio la democracia sustantiva. El bombardeo del 1 de marzo en territorio ecuatoriano, por parte de fuerzas especiales del ejercito nacional, es la prueba reina de esta aseveración.
En 1994, el presidente Bill Clinton fue más allá del límite diplomático y los denominó “estados terroristas” al referirse a los “estados delincuentes”. Estados a los cuales el gobierno de los Estados Unidos debía proteger -Irak, Afganistán- a veces destruyéndolos.
Nuestro país comparte esta dolorosa distinción (la de estado malogrado) en América Latina junto con Haití y República Dominicana.
La etiqueta de “estado malogrado” no es de ningún modo gratuita: el gobierno de Álvaro Uribe ha dado pruebas fehacientes para merecerla. Un Congreso ilegitimo con 32 miembros encanados, entre ellos, Mario Uribe, primo del presidente y otros 30 en capilla acusados de tener comprobados vínculos con los grupos paramilitares. Una reelección, signada por la trampa del dinero y las prebendas burocráticas, por lo tanto ilegitima. Quien se aficiona a vivir de la rapiña, a todas horas encuentra ocasión para practicarla.
Una guerrilla hostil que el gobierno no puede derrotar militarmente a pesar de las afirmaciones que el “optimista de la bala y el cañonazo”, Juan Manuel Santos, brinda en sonrientes ruedas de prensa. Un gobierno que carece de plan para liberar a los secuestrados en poder de las FARC y se empecina en mantener al incompetente y desabrochado, Luís Carlos “el bocón” Restrepo. Un gobierno (acusado de crímenes de estado), que no garantiza la seguridad de la población expuesta al conflicto. “Más que un país violento se podría decir que Colombia es un país habitado por víctimas de la violencia”.
Una administración, que al no tener una Cancillería independiente se adapta y defiende, a capa y espada, las instrucciones que le expide “el amigo americano”. Un gobierno colombiano internacionalmente aislado y acusado de ser un “barrabrava” continental por sus vecinos.
Un país con un marcado desequilibrio social donde abunda la violencia, la pobreza, la miseria; con un moribundo Sistema de Salud y una deficiente educación pública, pero donde los bancos obtienen ganancias obscenas, de más 3.200 millones en el último ejercicio. Un país de banqueros y comerciantes -señores invisibles- que hacen negocios con los vencidos.
Un estado que no confía en su propia institución de justicia y se enaltece, se vanagloria en enviar a sus conciudadanos a ser juzgados por otras cortes, en otra lengua y bajo otras leyes.
Un gobierno que sabe que no puede entregarle a la justicia, la misma que lo cuestiona, las herramientas para que lo condenen (alguna vez se valió de ellos para ganar las elecciones) opta por enviar a Estados Unidos a los principales cabecillas paramilitares que podrían eventualmente implicarlo.
Un gobierno de Uribe que demostró con ese acto que es más aficionado a la servidumbre que a la libertad. Priorizó la relación con el imperio antes que satisfacer la sed de Justicia y Reparación que él mismo había impulsado a las víctimas del conflicto. Nadie puede negar que los crímenes de lesa humanidad cometidos en Colombia por los grupos paramilitares tengan mayor prelación o sean prioritarios a los delitos que el narcotráfico perpetró en los Estados Unidos.
A los familiares de las víctimas, los criminales les arrebataron a sus seres queridos. Uribe, con su decisión, los despojó de su derecho a conocer la verdad. El ímpetu y dignidad que les quedaba se fue al garete en el avión de la DEA. Con la partida de las bestias a Estados Unidos el gobierno de Uribe enterró el proceso de Justicia y Paz.
¡No esperen milagros! El gobierno de los Estados Unidos definitivamente está más interesado en conocer las rutas y contactos del narcotráfico que en esclarecer los crímenes de humildes campesinos.
Precisamente el arma más poderosa, acaso la única, que tenía el gobierno para hacer confesar a los cabecillas paramilitares, era la amenaza latente de la extradición. Producida esta, ya no hay nada que negociar.
Uribe, acorralado por el escándalo de la parapolítica se libró de las fieras que podían comprometerlo; produce un show para seguir ganando indulgencias en la aprobación del TLC y se encamina hacía la tri-reelección. ¡Ya puede cantar victoria! Tiene futuro… blande la espada de la impunidad.
¡Qué importa la forma si el fondo es repugnante!
Los colombianos nos hallamos bajo el fuego embrutecedor de la amenaza permanente. A fuerza de palparla a diario en nuestra clase política ya nos hemos acostumbrado a esa cultura intransigente que no tolera oposición. Es la espada de Damocles que pende, desde el fin de los siglos sobre nuestras cabezas. Ningún habitante es lo bastante pobre o lo suficientemente miserable para no sentir la daga filosa sobre la nunca. La sombra del verdugo que busca con un hachazo arrancarnos la ilusión, el pensamiento y la vida.
Ningún habitante de esta gloriosa nación está exento de recibir una carta, un mail, un llamado telefónico o simplemente un sufragio pronosticando el fin del fin. En el reino de la impunidad a nadie se le niega una amenaza. ¡Lo dije ya! nadie se salva, nadie escapa. La amenaza en Colombia lamentablemente se respeta y desgraciadamente se cumple.
En Colombia pretendemos que los opositores en materia conceptual coincidan con nosotros, piensen igual. No soportamos a los contradictores, a los rivales, a los vencidos. Detrás de la religiosa advertencia se esconde una amenaza en ciernes. Es la lluvia de primavera que precede a la tempestad. Es el clarín al alba que anuncia el comienzo de la batalla. El gobierno pretende que todos, uniformados bajo una sola idea de país, marchemos sin rumbo por la historia dejando en el camino retazos de nuestra propia conciencia ciudadana. Sin darse cuenta (me refiero al gobierno) que uno de los pilares institucionales de cualquier democracia es la confrontación de las ideas. La disparidad de criterios que persiguen un bien común: el respeto a la libertad de expresión, alma y nervio de la república.
Iván Cepeda Castro, investigador de ciencias humanas y líder del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, es uno de los personajes más amenazado del país. Su palmarés incluye la organización de una multitudinaria y exitosa marcha realizada el 6 de marzo, en homenaje a las víctimas de los grupos paramilitares. Iván es hijo de Manuel Cepeda, destacado capitán del Partido Comunista asesinado el 9 de agosto del 1994 por sicarios al servicio de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Callaron al hombre, pero no sus pensamientos. “Bárbaros, las ideas no se matan”.
Fue precisamente la marcha de repudio a los crímenes de Estado la que consolidó la figura de Cepeda como Defensor de los Derechos humanos; su verbo a favor de los desplazados y la exposición mediática le granjeó poderosos enemigos dentro del aparato estatal. Esta fama no lo perjudica, ni lo calla. Se podrá o no concordar con su causa o la forma como la presenta, pero nadie duda que el “man” sea valiente, corajudo. Se juega la piel en cada parada. Lo que se dice, un individuo incómodo para el gobierno de Álvaro Uribe.
A sus ya habituales arengas contra el paramilitarismo, los desplazamientos forzados de campesinos y los crímenes de Estado, Iván Cepeda agitó el cañaveral con su columna de El Espectador, exigiendo la renuncia del rector de la Universidad de Córdoba, el zootecnista Claudio Sánchez Parra, “una plantita” sembrada por Salvatore Mancuso para ejercer esa alta dignidad. Sánchez Parra tendría investigaciones en su contra tanto en la Fiscalía como en la Procuraduría.
La Universidad de Córdoba ha soportado en los últimos años numerosos episodios de violencia que costaron la vida a estudiantes y docentes del alma mater. En septiembre del 2000 fue asesinado el candidato a la rectoría, profesor Hugo Iguarán Cote, crimen atribuido a los grupos paramilitares de la zona.
Iván “kamikaze” Cepeda, habló sobre la hacienda que el presidente Uribe tiene en Montería – El Ubérrimo – y pintó un tenebroso paisaje de tierras pertenecientes a Mancuso, Diego Fernando Murillo, alias “Don Berna” y a la familia Castaño. Ofreció detalles sobre mansiones y centros comerciales construidos por los paramilitares en la región y le dedicó unas líneas al ex fiscal general Luís Camilo Osorio (con 51 investigaciones sobre sus espaldas, que sorprendentemente no prosperan).
Osorio, frecuente invitado a las parrandas vallenatas, quien nunca vio o se enteró de nada raro durante su gestión ¡salió invicto de la Fiscalía! Ganó en franca lid su puesto de embajador en México con el cual el gobierno premia a sus servidores públicos más eficientes. Recordemos a Sabas Pretel, actual embajador en Italia.
Como era lógico esperar, los medios de comunicación magnificaron el hecho, el gobierno de Álvaro Uribe se sintió agredido por las sindicaciones del riguroso Cepeda. ¡Ahí ardió Troya!
Fiel a su libreto empleado en los últimos tiempos, Uribe se defendió atacando y tachó de farsantes a conocidos activistas de Derechos Humanos entre ellos a Iván Cepeda.
Otra vez tilda de “terrorista intelectual” a quien expone su pellejo en búsqueda de la verdad. Una vez más el gobierno descalifica al mensajero por “informaciones calumniosas” cerrando la puerta a una oportuna y eficaz investigación.
En la intolerante sociedad que vivimos hay abundantes elementos de tragedia. Los comunicados subidos de tono reemplazan ahora a las ideas, al debate abierto, a la verdad.
Si hay salvación para Colombia está en la paz y no en la guerra.
No hubo humo blanco, tampoco abrazos que sellaran el acuerdo de caballeros. Ninguno de los dos dio su brazo a torcer. No hubo la tan esperada conciliación entre las partes: no fue sorpresa. La función, quedó claro, no se suspende por mal tiempo ni por falta de garantías. El respetable espera ansioso el desenlace para pronunciar su veredicto. No habrá, al menos por el momento, final feliz. Los involucrados patearon la mesa conciliatoria, en vez de honrarla.
La pelea entre Uribe y la Corte Suprema, verdaderos pesos pesados, va para largo.
Fiel a su estilo, el presidente Álvaro Uribe ratificó su denuncia por injuria y calumnia, ante la Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes, contra el ex presidente de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), Cesar Julio Valencia Copete -se aduce que el que ataca procede con más valor que el que espera e inspira mayor confianza-. Los ultrajes dirigidos contra los bienes o la honra son los que más ofenden a los hombres.
Son tiempos devaluados, tiempos de beligerancia radial, de acusaciones cruzadas, de conspiraciones virtuales. Nadie se fía de nadie en estos tiempos en que los cuchillos vuelan por los pasillos del Congreso buscando su próximo blanco. ¡Sesenta y tres! y contando… son los políticos atrapados en la red de la parapolítica, la mitad de ellos duermen refugiados en el anonimato de las sórdidas gayolas. Se habla de elecciones anticipadas, de convocar a una Asamblea Constituyente, de la “silla vacía”. La ilegitimidad del Congreso besa el felpudo de la deshonra.
El Gobierno de Uribe enfrenta al mismo tiempo varias crisis que le han sustraído la capacidad para fijar la agenda. También se ha puesto de manifiesto la fatiga de varios de sus cuadros principales: Cancillería, Ministerio del Interior, Comisionado de Paz y, quizás, de su modelo de regañar mucho, culpar otro poco y dejar que otros países se encarguen (o “encarten”) de lograr la liberación de los secuestrados en poder de las FARC.
El gobierno ha demostrado, ¡eso sí! destreza para lanzar constantes cortinas de humo, habilidad para distraer a la audiencia y derroche de grandeza para embarrar la cancha. Sus desbordes retóricos subrayan un nivel alto de intransigencia. Una administración más inclinada a castigar la ofensa que a premiar el beneficio. Apenas obvio: el agradecimiento pesa y la venganza satisface.
Nadie ignora que la calumnia hiere, irrita, mancha. La calumnia no necesita testigos ni ningún otro género de prueba, de suerte que cualquiera puede calumniar a otro, pero no acusarlo porque la acusación exige verdaderas pruebas y circunstancias que demuestren la verdad en que se fundamenta.
Una llamada telefónica que el magistrado Valencia Copete asegura haber recibido el 26 de septiembre provocó el encontronazo entre el ejecutivo y la rama judicial. Según el magistrado, el presidente Uribe lo llamó ese día, para averiguar (léase presionar) los motivos que tenía la Corte Suprema para llamar a su primo Mario Uribe a rendir indagatoria en el escándalo de la parapolítica.
El presidente Uribe afirma que nunca realizó esa llamada, que todo es una vil calumnia y que está dispuesto a renunciar a la presidencia de la República, si se llegara a probar lo contrario. Una bravata innecesaria destinada al consumo interno. Las encuestas lo miman con un 84% de aprobación a su gestión.
Lejos de amilarse, el magistrado Valencia sube la apuesta y denuncia al jefe de estado por “falsedad en documento público”. El choque de jurisdicciones genera inquietud, afecta la vida cotidiana, la salud y los negocios de los colombianos. La oposición cuestiona al gobierno y el gobierno cuestiona a la Corte, le crea mal ambiente, la desprestigia y soterradamente descalifica los fallos que esta emite.
La Corte Suprema produce un nuevo cortocircuito con el ejecutivo al frenar la extradición del ex jefe paramilitar del “Bloque Central Bolívar”, Carlos Mario Jiménez, alias “Macaco” a Estados Unidos. El gobierno siente el golpe. Se muestra contrariado, desairado. Otra vez adopta la doctrina del ataque preventivo y propone fórmulas para reemplazar a la Corte Suprema por un nuevo organismo judicial. Todo enmarcado dentro del proyecto de la reforma política.
La confesión de la ex congresista Yidis Medina, que cambió su voto (por prebendas) para aprobar la reelección de Uribe en el 2004, es otra perla en el joyero de la vergüenza nacional. “El gobierno “persuade”, no compra conciencias”, afirma Uribe, tratando de sortear un nuevo obstáculo en estas olimpiadas del descrédito.
La detención de Mario Uribe, familiar del primer mandatario, producida la semana anterior ahonda de manera muy grave la crisis, porque toca el primer anillo de seguridad de la propia figura presidencial.
El presidente Uribe ha contado siempre con el fervor, el favor y el eco, de los medios de comunicación. A ellos recurre cuando tiene que atacar o defenderse.
La estrategia funciona casi mecánicamente: a un escándalo importante le sucede otro de mayor envergadura, incertidumbre, morbo o cuantía. Y si la táctica falla: cosa que casi nunca sucede, siempre estará disponible el tenebroso computador de Raúl Reyes para arrojar noticias que alarmen, inquieten, distraigan y angustien a la población.
La Corte Suprema de Justicia es valiente e imparcial y gobierna bajo el imperio de la ley. A ella hay que ajustarse para consolidar la institucionalidad de la República a ella hay que respetar y defender.
“No se puede confundir la enfermedad con la medicina”, enfatiza Uribe, al referirse al escándalo de la parapolítica y a su disputa dialéctica con la Corte Suprema de Justicia.
¿Ignora, acaso, el presidente Uribe que la causa del mal es la fiebre y no el médico?