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El infame de este capítulo es Pablo Montoya, alias “Rojas” el asesino silencioso, el vengador supremo, que se cargó a su jefe Manuel de Jesús Muñoz, “Iván Ríos”. Uno de los siete miembros del secretario de las FARC: una “joyita” que operaba entre Aguadas (Caldas) y el sur de Antioquia. Rojas, lo mandó al infierno de un solo disparo. El bandido lo arregló de un tiro en la frente mientras dormía. Le evitó al lujoso difunto las oraciones, las proclamas, las despedidas
A Rojas no lo movía la lucha de clases, ni las reivindicaciones sociales, menos la toma del poder a través de las armas; postulados idealistas que profesaban las antiguas guerrillas latinoamericanas. El solo era prisionero del mal que aqueja al hombre moderno: la violencia, la avaricia, la codicia. El sedicioso vio la oportunidad y actuó. La seductora recompensa obró como un acicate: el premio mayor de 5.000 millones de pesos, con el cual la débil y permeable justicia colombiana premia a los sicarios que de oficio la representan. ¡El crimen paga!
Pablo Montoya, alias “Rojas” traicionó primero a sus principios (si es que alguna vez tuvo alguno) y luego ultimó a sangre fría a su jefe. Satisfecha su venganza (asegura que Iván Ríos le trataba mal), sin ira, sin agitación y sin lástima procedió a arrebatarle de un amargo hachazo la mano. Prueba y evidencia de su infamia. Con ardiente serenidad la entregó luego a las autoridades militares de Pereira.
Cumplida su tarea de “matador”, el abominable ex guerrillero ya puede reclamar la recompensa de los hombres. Ya puede solicitar su diploma de ser humano. ¡Peor cosa no podría ser!
A la gente le gusta la discordia, las actitudes, las explicaciones. El pago de la recompensa por la muerte de Iván Ríos a su lugarteniente “Rojas”, provoca un debate moral y ético en el seno de la sociedad civil, en los estamentos de justicia y en el propio gobierno. La fiscalía se muestra decidida a liberarse de ese incomodo personaje. Para ello, el fiscal General Mario Iguarán busca exonerar al imputado y ahorrarle la cárcel. Argumenta que el crimen se originó en “un miedo insuperable o un estado de necesidad”. Al umbral de esa argucia legal se suman la legítima defensa y el principio de oportunidad, una figura que forma parte fundamental del nuevo Sistema Penal Acusatorio.
Da la incomoda impresión que desde el alto gobierno, con la institución militar a la cabeza, se buscan fórmulas para salvar al criminal y enviarlo con vacaciones pagas. El fiscal sufre un repentino ataque de “miedo insuperable” e intenta blanquear, jurídicamente, el delito cometido por “Rojas”. Un espectáculo deprimente cuyo telón de fondo es el asesinato de una persona a manos de otra.
No solamente no se juzga al criminal, sino que se lo recompensa. La justicia privada encuentra tierra fértil, ante la debilidad de las instituciones democráticas.
Entregar recompensas es admitir abiertamente que la fuerza pública no controla ni el territorio, ni a la delincuencia emplazada en el mismo. Es un signo de debilidad de la justicia, una huida hacia delante: lo que no se tiene se compra. No importa el precio ni los medios. Todo está permitido en la doctrina de la “Seguridad Democrática”, incluso el crimen, si este sirve a la causa.
Otra vez se repite el método que dio nacimiento a los grupos paramilitares. Otra vez la “mano de obra” privada suple la ausencia del estado. ¡Maten!, ¡maten!, a guerrilleros que el gobierno les brinda garantías jurídicas: la Ley de justicia y reparación, y una reinserción sin traumas en la sociedad, parece ser el mensaje.
Es indudable que entregar una recompensa por una muerte vulnera principios fundamentales en un país en donde no existe la pena capital.
Los halcones del gobierno no tienen de que quejarse, su héroe “Rojas”, les hizo precio de amigo: mató a dos guerrilleros (Iván Ríos y su novia) y sólo cobra por uno.
Alias “Rojas” ha matado al hombre que lo amparó y ahora espera que el gobierno de Uribe cumpla con su parte. Una parte que corrompe la moral pública y golpea la sensibilidad de la sociedad.
Las monedas de Judas y el desprecio son su oscura gloria.