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Jorge Luis Zappegno no es un tipo cualquiera. Es una persona que profesa la ciencia farmacéutica, un boticario con fama de varón prudente y sabio, un amigo. Hace un par de años, para estas fechas, lo visité por sorpresa en su farmacia de Jesús María, ciudad agroindustrial situada a 40 kilómetros de Córdoba, Argentina. Al poco tiempo empecé a notar que mi presencia era inoportuna. Unos clientes esperaban que les despacharan no sé que surtido de antibióticos. Lejos de azorarse, Zappegno, me tomó amistosamente del brazo y me sacó del negocio: “Vamos a tomar un café es luna llena y los lobos aúllan de hambre”, dijo en tono de sorna.
Más tarde, viéndolo operar en la cafetería, comprendí el valor de esas palabras dichas al azar. Comprobé “in situ” que mi amigo boticario era el personaje más popular de la cuadra. Él con su misteriosa forma de proceder mantenía en el anonimato a los maduros varones del barrio (a los machos cabríos poco le gusta conceder que necesitan de “ayuditas extras”. La presión por el rendimiento sexual obliga al amo de la casa a tomar precauciones, ¡de eso no se habla!). Zappegno, con prudencia canónica, tal vez sin pensarlo, sin pretenderlo, encendía el fuego de la felicidad ciudadana. Un protagonista excluyente que cargaba la alegría y el amor en sus bolsillos, un dios de fantasía, la guerra y la poesía… “Soy el que pinta las uvas y las vuelve a despintar, al palo verde lo seco y al seco lo hago brotar”.
Zappegno, discretamente, se entregaba a la tarea de suplir, a esos curtidos cincuentones del distrito de la “blue pill” más popular del mundo: el Viagra. Estos respetables caballeros recogían el esencial medicamento y sin dejar nada a cambio ¡después te pago! se marchaban raudamente en busca de acción. La novia, la esposa, la amante o alguna prostituta de buen corazón recibían entonces la última información. ¡Amigos son los amigos!
El Viagra es una droga que propicia la respuesta sexual de la erección, pero no genera el deseo sexual. Es perfecta para un final de fiesta, pero no vale para seducir. Sirve para atrapar el gozo de un instante supremo. Ya no importa la edad, ni el natural desgaste de los años. Zamparse una tableta es zambullirse, aunque más no sea efímeramente, en la fuente de la eterna juventud. En términos futboleros, diría que Viagra es el nombre de un depredador de área de impacto fulminante y final feliz.
Se asegura, incluso, que el Viagra es idóneo para contrarrestar el jet lag de los pilotos aéreos y los desajustes del reloj biológico que afectan a los trabajadores de ese sector. Oficialmente nació el 27 de marzo de 1998, cuando la Administración de Alimentos y Fármacos de Estados Unidos (FDA), aprobó el uso de la píldora azul para ayudar a combatir el azote de la disfunción eréctil.
Su historia, sin embargo, comenzó a escribirse en 1985, cuando Simon Campbell y David Roberts, de Pfizer, buscaban un fármaco que actuara contra la hipertensión. En 1991, la empresa empezó a probar el citrato de sildenafil en voluntarios sanos que no tenían historial de afección cardiaca coronaria. En la fase II de pruebas, el fármaco no pasó.
Pero al probar dosis máximas tolerables, vieron entre los efectos secundarios un cambio en la función eréctil que transformó el curso del fármaco... y lo convirtió en el éxito más sonado de Pfizer. Su medicamento estrella.
La dificultad para lograr la erección obligaba a muchos hombres a tomar una decisión: resignarse o buscar ayuda y someterse a tratamientos que daban resultados a mediano plazo y exigían un compromiso casi militante por parte del paciente.
La disfunción sexual no tiene por qué aparecer con la edad. De todas maneras si eso sucede, el Viagra o cualquiera de las alternativas del mercado como el Cialis (de Lilly Icos) o Levitra (de Bayer), permiten una respuesta satisfactoria.
La televisión nos muestra, en estos días, a un hombre más suave, más light, y en algunos casos hasta algo afeminado. Un hombre de laboratorio que ha diluido la rudeza primitiva y la fanfarronería que lo caracterizaban. Un hombre hiperconsumidor de Viagra (un comprimido cada seis segundos se vende en el mundo) que se hace cargo de su disfunción eréctil y se anima a lamentarse delante de la audiencia.
El Viagra cumple el sueño del donjuán empedernido que busca llegar al final de la carrera, al último recodo de su vida con la antorcha encendida y el pulso firme.
A la felicidad no basta con soñarla, hay que vivirla.
El Viagra ayuda…
El infame de este capítulo es Pablo Montoya, alias “Rojas” el asesino silencioso, el vengador supremo, que se cargó a su jefe Manuel de Jesús Muñoz, “Iván Ríos”. Uno de los siete miembros del secretario de las FARC: una “joyita” que operaba entre Aguadas (Caldas) y el sur de Antioquia. Rojas, lo mandó al infierno de un solo disparo. El bandido lo arregló de un tiro en la frente mientras dormía. Le evitó al lujoso difunto las oraciones, las proclamas, las despedidas
A Rojas no lo movía la lucha de clases, ni las reivindicaciones sociales, menos la toma del poder a través de las armas; postulados idealistas que profesaban las antiguas guerrillas latinoamericanas. El solo era prisionero del mal que aqueja al hombre moderno: la violencia, la avaricia, la codicia. El sedicioso vio la oportunidad y actuó. La seductora recompensa obró como un acicate: el premio mayor de 5.000 millones de pesos, con el cual la débil y permeable justicia colombiana premia a los sicarios que de oficio la representan. ¡El crimen paga!
Pablo Montoya, alias “Rojas” traicionó primero a sus principios (si es que alguna vez tuvo alguno) y luego ultimó a sangre fría a su jefe. Satisfecha su venganza (asegura que Iván Ríos le trataba mal), sin ira, sin agitación y sin lástima procedió a arrebatarle de un amargo hachazo la mano. Prueba y evidencia de su infamia. Con ardiente serenidad la entregó luego a las autoridades militares de Pereira.
Cumplida su tarea de “matador”, el abominable ex guerrillero ya puede reclamar la recompensa de los hombres. Ya puede solicitar su diploma de ser humano. ¡Peor cosa no podría ser!
A la gente le gusta la discordia, las actitudes, las explicaciones. El pago de la recompensa por la muerte de Iván Ríos a su lugarteniente “Rojas”, provoca un debate moral y ético en el seno de la sociedad civil, en los estamentos de justicia y en el propio gobierno. La fiscalía se muestra decidida a liberarse de ese incomodo personaje. Para ello, el fiscal General Mario Iguarán busca exonerar al imputado y ahorrarle la cárcel. Argumenta que el crimen se originó en “un miedo insuperable o un estado de necesidad”. Al umbral de esa argucia legal se suman la legítima defensa y el principio de oportunidad, una figura que forma parte fundamental del nuevo Sistema Penal Acusatorio.
Da la incomoda impresión que desde el alto gobierno, con la institución militar a la cabeza, se buscan fórmulas para salvar al criminal y enviarlo con vacaciones pagas. El fiscal sufre un repentino ataque de “miedo insuperable” e intenta blanquear, jurídicamente, el delito cometido por “Rojas”. Un espectáculo deprimente cuyo telón de fondo es el asesinato de una persona a manos de otra.
No solamente no se juzga al criminal, sino que se lo recompensa. La justicia privada encuentra tierra fértil, ante la debilidad de las instituciones democráticas.
Entregar recompensas es admitir abiertamente que la fuerza pública no controla ni el territorio, ni a la delincuencia emplazada en el mismo. Es un signo de debilidad de la justicia, una huida hacia delante: lo que no se tiene se compra. No importa el precio ni los medios. Todo está permitido en la doctrina de la “Seguridad Democrática”, incluso el crimen, si este sirve a la causa.
Otra vez se repite el método que dio nacimiento a los grupos paramilitares. Otra vez la “mano de obra” privada suple la ausencia del estado. ¡Maten!, ¡maten!, a guerrilleros que el gobierno les brinda garantías jurídicas: la Ley de justicia y reparación, y una reinserción sin traumas en la sociedad, parece ser el mensaje.
Es indudable que entregar una recompensa por una muerte vulnera principios fundamentales en un país en donde no existe la pena capital.
Los halcones del gobierno no tienen de que quejarse, su héroe “Rojas”, les hizo precio de amigo: mató a dos guerrilleros (Iván Ríos y su novia) y sólo cobra por uno.
Alias “Rojas” ha matado al hombre que lo amparó y ahora espera que el gobierno de Uribe cumpla con su parte. Una parte que corrompe la moral pública y golpea la sensibilidad de la sociedad.
Las monedas de Judas y el desprecio son su oscura gloria.
Con cerrada ovación y lágrimas traicioneras de la platea femenina terminó la Cumbre del Grupo de Río en Santo Domingo, República Dominicana. Fue una telenovela al mejor estilo de las grandes producciones latinoamericanas donde nada faltó: excelente puesta en escena, protagonistas VIP, rostros inflamados de ira, dientes apretados, risas socarronas, acusaciones cruzadas, replicas encendidas, reconciliaciones, rostros sonrientes, manos extendidas, distensión y diálogo.
Final bien, todo bien - reza un viejo proverbio alemán- para esta tragicomedia de amor y odio atiborrada de bajas pasiones y sordos intereses geopolíticos. Por suerte se desactivó la bomba antes que se encendiera la mecha. Abrazos y sonrisas para un final sorpresivo y edificante. Sobre victorias así es que nuestro continente ha construido su fama y su grandeza. No es raro que quien ha salido de aprietos parecidos termine por asumir que todas las tormentas escampan.
La mañana había comenzado con agrios presagios y ataques a tres bandas. Ecuador, Venezuela y Colombia subieron al ring dialéctico de la Cumbre con sólidos argumentos. Ni siquiera hizo falta el clásico round de estudio entre los contrincantes. Apenas sonó la campana ya estaban trenzados en bizantinas discusiones y fuegos de artificio. Mientras uno acusaba, el otro negaba con más énfasis. Cuando uno no puede convencer a otro de algo, uno comienza a dudar de ese algo…
La audiencia mundial contemplaba en vivo y en directo, el espectáculo del “tire y afloje” con zozobra y estupor. El horno, ciertamente, no estaba para bollos. Como la espada de Damocles pendía sobre la cabeza de la población colombiana el contingente de tropas que tanto Ecuador y Venezuela habían enviado a la frontera.
El presidente de Colombia, Álvaro Uribe embestía con puños de piedra. La fogosidad de sus palabras denotaba furia, pero también conocimiento. Reunió toda la sinceridad que pudo para ofrecer disculpas a su par ecuatoriano por haber invadido su territorio, pero se mantuvo firme en el derecho que le cabe a Colombia para responder a la insurgencia en cualquier parte. Un hecho legítimo que se consigue a través de un acto ilegítimo. Doctrina que emplea Estados Unidos para golpear en cualquier lugar del mundo, sin necesidad de rendir cuentas a ningún país soberano ni a los organismos multilaterales. La invasión a Irak, so pretexto de que este país almacenaba armas de destrucción masiva (hipótesis que resultó falsa y que cuesta la vida a más de un millón de iraquíes hasta el momento), es la prueba reina de esa sinrazón. La legalidad no se combate con mayor ilegalidad.
En un mundo civilizado y globalizado como el nuestro, ni por más poderosa que sea la razón o lo motivos, ninguna nación puede arrogarse el derecho de invadir a otra. “Entre los individuos como entre las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz” (Benito Juárez).
Las palabras “mentiroso”, “falso”, peligrosamente comenzaron a llenar la superficie del recinto. Los ánimos caldeados provocaron incluso que el presidente Daniel Ortega de Nicaragua amenazara con retirarse. Este tipo de reuniones anteriormente protocolares y colmadas de vacías amabilidades, se han tornado, últimamente, (remenber el “porque no te callas” del rey de España a Chávez en la Cumbre de Chile de noviembre), en turbulentos y ásperos desencuentros. Nadie omite nada, nadie se calla nada. El respeto entre mandatarios brilla por su ausencia.
En su intervención el presidente ecuatoriano Rafael Correa tensó un poco más la cuerda e hizo un pormenorizado relato de la situación en la frontera. Argumentó, con énfasis, que era un despropósito pagar a 11 mil hombres, -que en tiempos normales solo requiere de un contingente de 3 mil-, a un costo de US$ 100 millones de dólares anuales para cuidarle el patio trasero a Colombia. Defendió con entusiasmo y pasión la inviolabilidad territorial. Además señaló que el intercambio humanitario ayudaría a conseguir la paz en Colombia que es la paz de toda la región.
Chávez, quien en las últimas semanas ha lanzado encendidos discursos con insultos y epítetos contra Uribe, a quien ha llamado "criminal", "mafioso", "mentiroso" , "paramilitar" y “lacayo del imperio”… urgió a buscar una salida entre “gente racional" a la crisis. "Paremos esto", enfatizó. Pidió a los presidentes: “reflexionemos, pongamos cabeza fría, porque si seguimos…, sigue calentándose esto. Estamos a tiempo de detener una vorágine de la cual pudiéramos arrepentirnos y no sólo nosotros, sino nuestros pueblos, hijos y comunidades”.
Quien iba a imaginar que Chávez vendía esperanzas como quien vende agua del grifo embotellada. El incendiario apagaba su propio fuego, recogía su verbo nacionalista y guerrero. Uribe hizo lo propio, su soberbia, arrogancia y belicosidad, inesperadamente, cedieron paso a la sensatez. La mano extendida y el pulso firme fueron prueba de ello. Correa guardó con reticencia, por el momento, el hacha de guerra, aceptó las disculpas y dio por superada la crisis. Ya se adivinaba la apoteosis.
“Cuando el hombre actúa es un payaso, cuando describe es un poeta”. Las palabras que hieren y destruyen también pueden ser las palabras que describen un poema.
Final bien, todo bien…
Al galope llega la marcha del 6 de marzo. La sociedad colombiana otra vez sacude los trapos de la vergüenza. Luego del fenomenal suceso que constituyó la marcha contra los criminales de las FARC, ahora es el momento de expresarse contra los matanceros, los descuartizadores, los ángeles exterminadores, los vengadores del Magdalena grande, Córdoba, Sucre, Cundinamarca, Valle, Catatumbo, Norte de Santander, Casanare y Meta: los célebres paramilitares.
¡La historia la escriben los asesinos!
Hay que remitirse a los despiadados hombres del líder maoísta camboyano Pol Pot, los Jemeres Rojos (¡no te quitan la vida, sino los ojos!), para encontrar un ejército tan particularmente cruel: las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, que hicieron de la barbarie, el terror, el miedo y el genocidio su medio de vida, su credo, su religión. La motosierra y el machete son sus herramientas de trabajo. Nadie se llame a engaño. ¡Estos son lo peor de la raza!, dinero y poder son sus señales de identidad. ¡No toman prisioneros! La muerte es su bandera.
En la guerrilla puede haber – repito, puede o pudo haber – algo de ideología, alguna vocación de servicio, quizás, al menos en sus comienzos, alguna idea vaga de luchar por una sociedad más justa, más libre. En los grupos paramilitares no hay otra cosa que ambición, dinero, droga, dolor, sangre, sometimiento, corrupción, desplazamiento y víctimas. Partiendo de la nada han alcanzado las más altas cimas de la miseria humana.
Niños, mujeres y ancianos fueron clasificados como “enemigos” y ejecutados por las AUC, léase descuartizados, bajo el notorio influjo de políticos, empresarios, financistas y militares. Todos unidos por una misma causa: sembrar el miedo y apoderarse de las tierras de sus sacrificados. Ni siquiera los asentamientos indígenas se salvaron de la ambición del hombre blanco.
Las masacres han cimentado su fuerza y extendido sus dominios: Mapiripán, Mejor Esquina, El Aro, La Negra, Pueblo Bello, El salado, Honduras, ¿tiene tiempo?, ¿quiere que siga? En la infame década de los 90 se cargaron a más de 15.000 compatriotas. Las fosas comunes se cuentan por miles. ¡Lo dije ya!, machetes, motosierras y serpientes venenosas “a la orden”.
Un trámite fácil es pensar que las autodefensas nacieron para contrarrestar la influencia de las FARC en distintas regiones del país, pero a la luz de los resultados es más factible suponer que aprovecharon la coyuntura de desprotección oficial para adueñarse, a través de métodos violentos, de una buena parte del territorio nacional.
Una mafia organizada, con unidades de élite estacionadas en los centros de poder. Con congresistas vocingleros que defienden su parcela a cara de perro y un gobierno condescendiente que promueve un decoroso infierno terrenal para los políticos implicados con los narcoparamilitares, con leyes a medida y con cárceles donde todo está permitido, incluso mantener un arsenal personal.
Un gobierno que masculla odio cuando se refiere a los insurgentes de las FARC, pero se muestra “blandengue” y con la guardia en alto cuando la opinión pública le reclama una mayor consistencia frente a los desmanes de los paramilitares. Vende la cristiana idea de que el paramilitarismo ha sido derrotado a punta de catecismo, leyes y decretos, mientras nuevas incursiones de ese grupo criminal refutan esa teoría. Hasta el propio Secretario de la OEA, José Miguel Insulza, cayó en la torpeza de hablar en pasado de esa organización delictiva. ¡Están vivos!, agazapados… confesando en los estrados crímenes en forma desafiante, ¡a ver quien se atreve a ponerle el cascabel al gato! Niéguenles algún beneficio (los mismos que ellos le negaron a sus víctimas), atrévase a extraditar tan sólo a uno de ellos y los verán coger el monte, otra vez altivos, crueles, despiadados.
Lo triste, lo llamativo, es que gran parte de la sociedad colombiana ve a los paramilitares como “salvadores”, como héroes. “Son un mal menor”, dicen y se tapan los ojos y los oídos para no ver ni escuchar los gritos lastimeros de los compatriotas campesinos.
Mucha de la gente que concurrió a la manifestación contra las FARC, el 4 de febrero, lo hizo movida por la conmovedora fotografía de Ingrid Betancourt y las pruebas de supervivencia de los otros cautivos. Ese fue el detonante que zarandeó el corazón y la conciencia de miles de colombianos. El repudio ciudadano fue sentido y masivo.
Por el contrario las miles de víctimas de los paramilitares, no tienen rostro, (marketing), son campesinos rasos, son invisibles. No hay entre ellos una figura relevante que los aglutine, que los diferencie. No hay una víctima VIP en su cartelera que obligue a los organismos multilaterales a reuniones urgentes para tratar sus casos. Las fuerzas regulares del ejército nacional, por acción u omisión, también, los ignoran.
El 70% de la población colombiana (que casualidad, el mismo porcentaje de favorabilidad que le otorgan las encuestas a Uribe) no cree en el horror de los paramilitares ni en los abusos de la Fuerza Pública, el otro 30% se niega a creer.
Los medios de comunicación que estuvieron tan activos a favor de la movilización en contra de las FARC hoy se muestran dubitativos, reacios a concederle espacios, despliegue a esta marcha por temor a “molestar” al alto gobierno y a las fuerzas militares. Más ahora que el gobierno se encuentra abocado a defenderse en los estrados internacionales, acusado de haber violado la soberanía de Ecuador.
Las tenebrosas FARC y las despiadadas AUC rodaron, hace tiempo, al mismo y formidable abismo. Ambas con sus actos han tocado el nervio social de la población. Imposible ocultar, imposible encubrir, imposible callar, “¡Imposible nothing!”… ¡Hay que salir!, ¡hay que luchar! contra la pereza y comprometerse: ¡hay marchar!
¡No hay justicia sin condena!
“Todos los incurables tienen cura, cinco minutos antes de la muerte”
Lo que se temía sucedió, el conflicto se internacionalizó. El peor de los escenarios posibles. Por ahora es una guerra dialéctica llena de palabras vacías, de acusaciones cruzadas, de ánimos encendidos. La emoción suplanta a la razón. Las partes no escatiman en términos altisonantes: Patria, Soberanía y Dignidad. La diplomacia ha sufrido un duro revés. En la aldea global que es el mundo de hoy, se escucha el sonido de la trompeta.
En su sermón dominical (un clásico bolivariano) Chávez ordena la movilización de 10 batallones hacia la frontera con Colombia, como quien ordena que le traigan del supermercado 2 kilos de pan y un litro de leche. Ecuador que en principio se mostró comprensivo con la actitud del gobierno de Uribe, ahora cambia de tercio y muestra desagrado y displicencia ante la violación de su territorio; de forma categórica expulsa al embajador colombiano, Carlos Holguín, agregándole sal a la herida. Abriendo las venas de una América Latina que había permanecido, al menos en la epidermis, unida.
Este conflicto ha demostrado que las cosas no son como parecen y que todo lo que brilla no es oro. Hugo Chávez y Rafael Correa han expuesto su verdadero rostro y esa cara amable que alguna vez fue toda sonrisa hoy es amarga y desafiante.
El rotundo éxito obtenido por las fuerzas militares colombianas, el sábado último, al dar de baja al número dos de las Farc, Raúl Reyes, se ve empañado por la gravedad del contexto, ya que traslada la guerra interna al campo regional. Ecuador se siente mortificado (con válidas razones) en lo que considera una incursión de su territorio soberano. Lo cierto es que fue Colombia quien atacó terrenos ajenos, creando un antecedente peligroso, bajo la figura de hechos consumados. La misma política del “hit and run” (golpear y correr) que lleva a cabo Israel con sus vecinos de patio. No olvidemos que Colombia mantiene actualmente diferendos con Nicaragua por San Andrés e incluso con la misma Venezuela.
La táctica de ir golpeando las estructuras de las Farc en forma individual, han permitido notables éxitos a las fuerzas armadas colombianas revitalizando la política de seguridad democrática piedra fundacional del gobierno de Uribe. Pero nunca se había llevado la guerra a predios foráneos, ya que existen organismos binacionales y multilaterales que permiten evitar este tipo de incursiones que comprometen la soberanía de cualquier nación.
Con la baja de Reyes las fuerzas armadas revolucionarias, Farc, han quedado debilitadas en su cuadro supremo, y la parte política ha quedado huérfana de éste interlocutor válido para un acercamiento con ese grupo insurgente.
Nadie en el alto gobierno alcanzó a medir, ni siquiera a vislumbrar la reacción de los gobiernos vecinos que son literalmente hostiles a Colombia. El gobierno nacional acusa, con pruebas extraídas del ordenador del líder guerrillero, el contubernio entre las altas autoridades ecuatorianas y los grupos ilegales. ¿Otra cortina de humo?, ¿otro falso positivo?
El tiempo dirá si estas pruebas son lo suficientemente sólidas para involucrar de manera contundente al gobierno de Ecuador. Lo cierto es que Colombia al invadir feudos ecuatorianos invalidó, de alguna manera, la justicia de su posición.
El bombardeo del sábado último a Nueva Santa Rosa (Ecuador) en dónde fue abatido Raúl Reyes, también fue un golpe “nock out “a la frágil estructura de un incipiente acuerdo humanitario que laboriosamente había edificado la senadora Piedad Córdoba y el líder bolivariano.
Un mazazo al corazón de los familiares de las victimas en cautiverio y un escupitajo a las gestiones que venían realizando España, Suiza, Francia y la propia Iglesia Católica.
Existe en gran parte de la sociedad Colombiana, la incómoda impresión que cada vez que hubo avances significativos en el proceso humanitario el presidente Uribe se encargó de derrumbar de un punta pie, de un plumazo, (léase, plomazo) las ilusiones de paz de todo un pueblo.
Ahora más que nunca se necesita una vigorosa cancillería, diplomacia, que acalle los tambores de guerra que se escuchan en la periferia del país. Prudencia y conciliación es lo que se impone en estos momentos de discursos apasionados y lenguas que botan fuego.
Solicitar la intervención de la Organización de los Estados Americanos, OEA, o de la propia ONU, no sería un disparate o una mala idea.
¡El diablo nunca duerme!, de las buenas intenciones hay que pasar a los hechos.