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La marcha del lunes en contra de las FARC fue multitudinaria, sentida, histórica, de una envergadura jamás vista en Colombia. Un arrebato de rebeldía de la sociedad civil, harta de sentirse rehén de los violentos. Las FARC encarnan, como ninguna otra organización subversiva, ese papel mortificador, esa enfermedad crónica que carcome el tejido social, lastima el alma y subestima a todo un pueblo. Es, para muchos, la expresión de la perversión, la crueldad con mayúscula, la línea de montaje de la muerte imparable. La pacífica marcha fue, ante todo, un acto de fe, jamás de resignación.
Todas las capas sociales estuvieron representadas en ese grito sublime, en esa furia contenida que brotaba de los ardientes pechos de una multitud abigarrada, altiva y encendida: ¡No más FARC!, ¡No más FARC!, ¡Libertad!, ¡Libertad!, ¡Basta de secuestros!
Los medios de comunicación, “fogoneados” por el acucioso pedido presidencial hicieron su trabajo… La convocatoria, que se extendió a otras 130 ciudades del mundo, tuvo un rotundo éxito.
Mucha gente marchó, bajo un sol abrasador, genuinamente conmovida por el flagelo del secuestro y la suerte de centenares de compatriotas que lo padecen. Los empresarios y banqueros (que ganaron, 3,3 billones de pesos en el último ejercicio) amigos del gobierno soltaron a sus fieles empleados a la calle, a manifestarse en contra de los enemigos del establecimiento. Negocio sencillo que reditúa ganancia política (ya habrá forma de mutar en divisas ese episodio desinteresado, patriótico), todo suma al final del día.
La idea, el origen, la iniciativa de esta movilización sin precedentes nació del ingeniero civil de 33 años Oscar Morales, quien propuso en la red social Facebook, en Internet, un acto de repudio al grupo guerrillero izquierdista.
Era fácil predecir el éxito: manifestarse en contra de cualquier forma de violencia, provenga de donde provenga, está incluida en el manual de lo políticamente correcto. Un acto de contrición colectiva que ayuda a purgar los silencios individuales. No hay nada más conmovedor que ver la masa en movimiento, llena de pasión, tras un objetivo por más difuso que éste sea.
Sin embargo, hubo gente que no le caminó a la propuesta. ¿Por qué negarse a rechazar la violencia que representan las FARC? Muchos argumentaron motivos superiores, políticos y hasta éticos, para no concurrir a la marcha. Me atrevo a enumerar algunas posibles respuestas. Sólo registro hechos:
Sospechosamente, el tristemente jefe paramilitar Salvatore Mancuso (que confesó, hasta el momento, haber asesinado a 360 personas y supuesto responsable de centenares de fosas comunes) se convirtió en uno de los promotores de la movilización. Incluso realizó un llamado a sus hombres desmovilizados a hacer parte de la misma. ¿Ignora, acaso, el asesino su condición de tal? ¡Insólito! Un asesino confeso paladín de la no violencia. La especie no se reconoce en el espejo que la refleja.
Se preveía, luego se confirmó, que la convocatoria a la marcha contenía un espeso tufillo chovinista destinado a exacerbar el patriotismo patoteril, lleno de mensajes grandilocuentes, de esos que a menudo lanzan los políticos oficialistas. Discursos de hondo calado anti chavista que promueven la división y el odio en vez de la unión de los dos pueblos hermanos.
Algunos se negaron a alimentar con su presencia la tenaz polarización, léase fractura, que sufre la sociedad colombiana con un gobierno que privilegia la Seguridad Democrática por encima de la vida humana. Política cuyo postulado de no negociar cierra cualquier puerta al intercambio humanitario que clama, cada vez con más insistencia, la comunidad internacional. Esa misma doctrina de tierra arrasada que provoca el desplazamiento de miles de familias campesinas hacia los centros urbanos, huyendo de la guerrilla, de los paramilitares y de los abusos de las fuerzas regulares.
Muchos sabían, luego se confirmó, que el gobierno del presidente Álvaro Uribe aprovecharía para capitalizar a su favor la multitudinaria convocatoria, reafirmando su política de confrontación bélica con las FARC, en vez de la salida negociada al conflicto. Astrid Betancourt, hermana de Ingrid, que permanece secuestrada por la insurgencia, acusó a Uribe de manipular las marchas y de tratar de presentarlas como un respaldo a su política de combate abierto contra las FARC “El presidente Uribe es responsable de atizar la rabia, la cólera de los colombianos, sin proponer ninguna solución”, aseveró Astrid.
Según algunos de los opositores a la marcha, Uribe pretendió aprovechar la magnitud de la movilización para transformarla en un plebiscito popular de respaldo a su gestión y, utilizando su doble condición de Jefe del Estado y de comandante de las Fuerzas Armadas, presentarla como un triunfo político personal y como la llave que le abriría la puerta de una segunda reelección presidencial. No darle combustible a esa ambición, por ahora secreta, fue otro de los motivos de los que decidieron no jalarle a la marcha.
Las familias de los secuestrados prefirieron no marchar (se reunieron en una iglesia) por una razón super poderosa: el temor a las represalias de la guerrilla contra los rehenes.
¡No más FARC!, ni paramilitarismo, ni políticos corruptos, ni curas pederastas, ni abusos militares, ni secuestros extorsivos, ni niños desnutridos, ni crímenes de estado. “Ningún animal podría ser tan cruel como un hombre, tan hábil, tan artísticamente cruel" (Fedor Dostoievski).
Por el momento la guerrilla se muestra sólida, desafiante. Son ellos, los que manejan la agenda, el tiempo y el espacio. Nada los ha conmovido en el pasado. Nada sucederá en el presente. ¿Futuro?, incierto.
En el país que se declara el más feliz del mundo, no sobran razones para el optimismo.
Si el gobierno le apuesta a la intransigencia ciega en vez de al acuerdo humanitario consensuado seguirá viendo, en capítulos, la liberación de rehenes de las FARC por televisión, y la marcha que tiñó de blanco el país se convertirá, con el tiempo, en una mera anécdota estadística.
Lo que nace en la sombra muere en la sombra.