| L | M | M | J | V | S | D |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | |
| 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 |
| 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 |
| 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 |
| 28 | 29 | 30 | 31 |
Lo confieso de entrada: me cuesta ser imparcial. Tengo un profundo respeto por Piedad Córdoba, por su fe inquebrantable, por esa misión humanitaria que encara con ilimitada tozudez. La conmueve, quizás, el llanto angustiado de los familiares de las víctimas del secuestro y la indiferencia oficial. Piedad es esa clase de topadora ciega que avanza por la impenetrable selva que es la conciencia humana, despertando rechazos, pero también esperanzas. “Un destino no es mejor que otro, pero cada cual debe acatar el que lleva adentro”. Ella acomete su delicada faena recibiendo como pago un riguroso salario de improperios, pero también aplausos. ¡Nadie es más hombre que esta mujer!
El odio está siempre más cerca del corazón que la piedad.
La senadora liberal ha aguantado de pie y con la cara al sol los desquiciados ataques y atropellos de parte de un amplio sector de la ciudadanía que la ve como un personaje siniestro que atenta contra los soberanos intereses de la nación.
La única verdad es la realidad. Piedad ha logrado en poco tiempo lo que no pudieron ni el “enaltecido” ejército nacional, ni el purpurado eclesiástico, ni las comisiones internacionales, ni los fogosos discursos oficiales: conseguir liberar “sin condiciones” a dos secuestradas, ganar credibilidad y elaborar un proyecto global que desemboque en la libertad de los otros rehenes.
Sus palabras y acciones, sin pretenderlo, tal vez sin quererlo, han polarizado a la opinión pública nacional, abriendo una profunda grieta en la sociedad colombiana.
Por un lado están aquellos que la tildan de apátrida, traidora. De servir a propósitos adulterinos. Son los mismos que se tapan los ojos y los oídos ante la comprobada y confesada barbarie paramilitar, que ignoran o parecen ignorar el desplazamiento de miles de personas expulsadas de su propia tierra y obligadas a convertirse en parias de su propio país. Una parte de esa sociedad privilegiada (es fácil reconocerlos: hablan de dignidad, de dolor de patria y se apresuran a depositar su dinero en el exterior), incapaz de perdonar o comprender a una persona como Piedad que ha demostrado estar ¡a favor de la vida! Una apuesta riesgosa en estos tiempos de fusiles, machetes y micrófonos incendiarios. Ella ha comprometido su patrimonio político, su seguridad personal y familiar en procura de obtener un intercambio humanitario: ¡ese es el mayor delito! para una sociedad capaz de perdonar a criminales, pero nunca a un soñador.
En el otro lado del espectro están quienes ven en la mediación de Piedad Córdoba, una posibilidad a corto plazo de resolver este doloroso conflicto por vías menos traumáticas, como lo es la confrontación bélica que pregonan con entusiasmo juvenil los halcones de palacio.
Dentro de este proceso de liberación de rehenes Piedad Córdoba, por su propia dinámica ha sostenido el rol de primera figura, prima donna, relegando al presidente Álvaro Uribe a un modesto papel secundario.
Que venga alguien (de otro país)…a meterse en la cocina de la casa, ordene el mercado y se acueste en la cama del amo es un atropello a la dignidad, a la autoridad y al poder de “cualquier familia”.
Recordemos que Uribe observó a través de la televisión la escena de la liberación de Consuelo González de Perdomo y Clara Rojas por parte de la guerrilla. Un golpe demasiado rudo para el ego presidencial.
El gobierno del presidente Uribe ha dado muestra fehaciente de su poco apego a resolver por vías pacíficas, diplomáticas - léase intercambio humanitario- el problema de los rehenes que demanda el sentir público internacional.
Los medios de comunicación aportan también, su ración de odio, atizando en exceso el fuego del patriotismo barato y malintencionado. Piedad Córdoba es víctima de esa sinrazón. Sin embargo, la senadora ha mantenido su propia agenda, independiente de las directrices gubernamentales. Es obvio que esa libertad de movimientos le ocasiona problemas. Nadie es lo suficientemente sabio en la elección de sus enemigos.
Piedad en su misión humanitaria se ha granjeado enemigos poderosos y hostiles dentro del seno del gobierno central, quienes acuartelados en ideas de ultraderecha arrastran a ese amplio sector de la población que la percibe como una vende patria.
Piedad aun desautorizada, rechazada, denostada y vituperada, pese a quien le pese, sigue siendo una figura clave para la consecución del intercambio humanitario. Una golondrina con vuelo propio que hace verano.
A ella tendrá que recurrir, en algún momento, el alto gobierno para un nuevo “acercamiento” con las FARC. El gobierno ha solicitado la mediación de la iglesia, pero las subversión se muestra esquiva, reacia a beber las palabras de los prelados.
Incluso Piedad Córdoba puede ser, también, la que facilite un acercamiento entre los gobiernos de Colombia y Venezuela cuyas relaciones viven, hoy, las horas más amargas de su historia.
Pero la locura oficial, por el momento, prefiere los abismos a los puentes…
Los dementes gozan peleando.