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Todo tiene su final. Luís Eduardo Garzón, alcalde mayor de Bogotá, ha encendido los fuegos artificiales que marcan el comienzo de una nueva navidad y su partida de la actual administración. Su alteza real, no acepta irse del cargo sin hacer ruido; afirma sentirse incomprendido por su colectividad y ensaya, con un sermón ambiguo, los pasos hacia una probable candidatura presidencial en el 2010.
El lado izquierdo del cerebro humano, dicen los científicos, controla el discurso y el lenguaje, mientras que el derecho controla las emociones. Garzón llegó a la alcaldía aupado por la izquierda y hoy, se baja del caballo por la derecha. ¡Quién te ha visto y quién te ve!
Se marcha resaltando los logros de su gobierno Distrital; disimulando con trasnochadas ironías y ociosas elucubraciones, la parte inconclusa de su gestión. “Me voy pero volveré”, murmura por lo bajo, en su ámbito privado. Nada está más muerto que un político que se aleja, que se aparta de su función pública. Es un general derrotado. Pasa rápidamente de ser un protagonista a ser un don nadie.
La vida está llena de matices, de sombras, de brillos, de colores pasteles. La política, en cambio, consiste en combinar los colores. Un arco iris de colores donde la ética no existe y las promesas de campaña se olvidan cuando se alcanza la meta.
Es claro que por encima de todo, Garzón, está en plan de galán maduro que “flirtea” por la mañana con sus antiguos camaradas de lucha, del Polo Democrático y por la noche se deja querer, consentir, por el ala protectora del Uribismo. ¿Será la nueva carta del presidente, para sucederlo?
Esa simpatía lisonjera por Uribe desconcierta al hombre de a pie que comienza a distinguir en el personaje inconstantes rasgos ideológicos. Garzón el burgomaestre, tal vez sin quererlo, sin pensarlo, se ha convertido en la clase de político que siempre anda brindando aclaraciones. Y, esas aclaraciones, terminan confundiendo aun más, a la opinión pública que lo mira perpleja, desconcertada. Amenaza con crear el Partido de la Calle, pero íntimamente aspira a imponer condiciones para su regreso al seno del Polo Democrático, donde no le sobran los amigos y le miran como sapo de otro pozo.
Su gestión como alcalde de Bogotá deja un sabor agridulce: por un lado, concretó una labor social importante en el segmento más necesitado de la población, y por el otro, permitió que los empresarios del transporte le manejaran la agenda.
Comprometerse abiertamente con la fase III del TransMilenio a punto de expirar su mandato fue, cuanto menos, un abuso de confianza con su sucesor Samuel Moreno, quien ha reiterado que no le interesan los buses articulados circulando por la carrera 7a, ni por la avenida 26. La deteriorada malla vial, por falta de labores de mantenimiento, fue otra perla en el joyero de la vergüenza Distrital.
Antes de caer el telón de su mandato, Garzón ratificó un inoportuno impuesto de valorización que rebasó la copa y la paciencia de la ciudadanía. Se despide el alcalde escupiéndoles la cena navideña a las familias bogotanas ¡Qué vergüenza! y todavía pretende que la platea lo aplauda. Lo irónico es que el dinero que espera recaudar el Distrito, con éste impuestazo, no es para ejecutar obras, sino para realizar nuevos estudios y diseños.
Lucho Garzón ganó la alcaldía en el 2003, de la mano del Polo Democrático Independiente y apoyado por las bases del partido liberal. Enrique Peñalosa y Antanas Mockus, los anteriores inquilinos del Palacio Liévano, habían dejado una “huella” en realizaciones para la capital.
Lucho dio continuidad a esas obras y le agregó sentido social a través de su programa bandera: “Bogotá sin hambre” (BSH): ambicioso proyecto de comedores comunitarios, esparcidos por los barrios más pobres de Bogotá. El objetivo de estos subsidios alimentarios fue el de contrarrestar los bolsones de pobreza, vulnerabilidad y marginalidad. Esa sensibilidad social fue, sin dudas, el signo de distinción de su administración.
Según el Plan Operativo Anual de Inversiones (POAI) del Distrito, cerca del 70% del gasto de la ciudad se destina al gasto social, que comprende los sectores de educación, salud y bienestar social.
El balance del alcalde Garzón en su cuatrienio es sencillo: fracasó en movilidad, vivienda y medio ambiente; safó en seguridad y obtuvo sus mejores notas en el flanco social.
Deja entre signos de interrogación la reubicación definitiva de los vendedores ambulantes; sector donde Garzón recolectó la mayoría de sus votos. Trabajadores informales que hoy “aguantan” las inclemencias del tiempo... recogidos en pintorescas garitas. La mercancía que surte estos 40 kioscos postmodernos, insólitamente, debe ser adquirida en el proveedor señalado por el Distrito. (¡Qué tal esto!)
Luis Eduardo Garzón es una especie de francotirador peleando su guerra por la vida… por su vida: la política, claro está...
¿Usted qué cree? ¿Tiene madera para ser candidato en el 2010?

Su nombre carecía de magia, de convocatoria. Llegó por descarte. Nadie ignora que los directivos de Colfútbol y gran parte de la popular pretendían a un director técnico foráneo. Sólo cuando se agotó el agua, las instancias y la inútil insistencia a Bielsa, Pekermann, Carpeggiani, Uli Stielike y Autori quienes dijeron NO, se optó por una solución a la mano.
La fumata blanca, despejó el misterio y a fines del 2006, Jorge Luís Pinto, de 54 años, oriundo de San Gil, Santander ¡a mucha honra! se convirtió por obra y gracia del pope Bedoya, el Cardenal González y su pequeña pero poderosa feligresía, en el nuevo director técnico de la selección Colombiana.
Astuto, terco, estudioso, inteligente, trabajador, controvertido y hábil provocador, Jorge Luís Pinto no elige a sus amigos, ni les teme a sus enemigos. A finales de los 80 se probó con un miura, Luís “chiqui” García y aseguran que no llevó la peor parte. Saltaron chispas, pero por fortuna se desactivó la mecha antes de que la bomba explotara. En el 2006, en un partido entre el Júnior y Cúcuta recibió una indecorosa condecoración en el rostro de parte de otro colega exaltado, el uruguayo, Julio Avelino Comesaña. Gajes del oficio…
En los últimos dos meses de ese año, sintiéndose campeón con el equipo motilón, comenzó con su diaria tarea de “ablande” postulándose la dirección técnica del seleccionado. Apeló a todo. Habló de patriotismo, su palabra favorita, fustigó con fuerza a los colegas extranjeros. Discutió con desconocimiento y torpeza sobre el espíritu nacionalista; olvidando que más de la mitad de las empresas emblemáticas colombianas están hoy en manos foráneas. Incluso la cerveza que promueve al seleccionado nacional que él dirige, es off shore.
Espoleado por esa sangre santandereana que lo pierde y a la vez lo redime, siempre al borde de la confrontación o el colapso, Jorge Luís Pinto, marchó a la Copa América de Venezuela con un discurso duro, con un mensaje intimidador, casi suicida: “Vengo a llevarme la Copa”, enfatizó el DT nacional, el primer día que desembarcó en Maracaibo, con su selección.
Lo dijo con tal convicción, altivez y sobriedad que sus rivales no tuvieron más remedio que tomar en serio su amenaza. El segundo día Paraguay le aplicó a la selección de Pinto, cinco balazos en el pecho, 5-0, prendiéndole fuego a sus alas y a sus sueños. Resistió la segunda masacre con aire resignado, cayó 4-2, frente Argentina. ¡Si me van a matar al menos déjenme rezar! El tercer partido ante la suplencia de Estados Unidos, fue sólo un trámite y, en trámites a la burocracia nacional, todos sabemos, nadie le gana: venció 1 a 0.
Si bien nadie esperaba mucho de esa selección, tampoco se podía justificar que perdiera de la forma en que lo hizo: sin actitud, sin fe, sin talento, sin dirección técnica.
La noche no estaba para descorchar champagne. La puesta en escena había resultado horrorosa. El peor de los ensayos. Dicen que en el vestuario encaró a sus coroneles, los increpó con dureza, con palabras hirientes y desafortunadas. Hombres de pelo en pecho, como Iván Ramiro Córdoba, Mario Alberto Yépez y Miguel Calero, que en un solo mes de trabajo, fácilmente, ganan más que todo el año de Pinto, resistieron los embates, pero hicieron públicas sus divergencias con el seleccionador. Pinto volvió masticando bronca “a la casita de los viejos”, luego de esa fallida incursión por tierras patrióticas. ¡Derrotado, no vencido!… ya era el que sería…
Aprendió la lección: había que volver a las fuentes, retornar a las bases, a los jóvenes. Había que pasarle el testigo a otra generación. Había que confiar. Había que cambiar el discurso. Una nueva columna vertebral con su sello personal gozaría Colombia en las eliminatorias: Agustín Julio, Walter Moreno, Aquivaldo Mosquera, Carlos Sánchez, José Amaya, Wason Rentería. Pinto autenticó la hoja de ruta sin traumas. Todo lo hizo rápido y lo hizo bien.
Hasta cuando eligió jugar en Bogotá obró con sabiduría. Recordó que el cóndor, el espíritu de los Andes, el símbolo de la libertad, el ave voladora mas grande del mundo, no puede alzar su alas si le falta el oxigeno. Esa evocación feliz lo salvó.
Ordenó la compra de máquinas hipóxicas, para que sus players adquirieran resistencia en la altura. Una extravagancia pensaron algunos, otro gasto inútil sospecharon los más. Una necesidad imperiosa, un “inamovible”, un “must”, reflexionó él.
El fixture subrayaba la presencia en Bogotá del temido Brasil y la odiada Argentina. ¡No pasarán! Pinto optó por utilizar la estrategia para cazar a un cóndor sin disparar una bala. La misma que desde época inmemoriales usan los quechuas y aimaras en la cordillera del alto Perú.
La caza de estos mastodontes del aire es más sencilla de lo que parece. Un trabajo casi artesanal: unos 7 u 8 hombres de la comarca, los más diestros, se esconden en la planicie más baja de la cordillera. Una especie de cañón donde el aire escasea. Matan un caballo y lo extienden, generosos. Allí, agazapados entre la maleza, coqueando, gastan sus horas, esperando la llegada del ave rey.
Luego de unos días, el olor de la carne pestilente atrae a los cóndores que viven y duermen en las peñas altas, llamadas Sauricalla. El cóndor andino que no es una animal depredador, come solo carroña, baja de su trono confiado. Después de comer, se emborracha, y cuando quiere volar, festejar otro triunfo a domicilio, no puede, le falta pista para despegar, sus pulmones no responden, le falta ¡oxigeno! Entonces los héroes se abalanzan sobre el animal. Lo atrapan, lo envuelven con sus ponchos y lo llevan al pueblo. ¡El oxigeno es parte del milagro!
Agotado el tanque de oxigeno la fiesta puede comenzar. Los requisitos de cualquier equipo de Pinto son: el orden defensivo, la entrega y la actitud.
De esa forma la selección Colombia asustó a Brasil, venció a Venezuela y liquidó en un segundo tiempo vibrante a la Argentina. Desbordado por el talento gaucho en la primera etapa, Pinto, recordó en el entretiempo como cazar a un cóndor. La altura hizo su trabajo. La carencia de oxigeno priva de ideas y de piernas a los que se consideran superiores. El ave regia cae en la trampa.
Los personajes para ser reales deben tener contradicciones, pero deben ser siempre reconocidos. Por eso, para mi Jorge Luís Pinto, que tiene clasificada a Colombia contra todo pronóstico, es el Personaje del año 2007.
¿Qué pasa con el cóndor? Lo veneran como a un dios y al tercer día lo llevan en procesión a la parte más alta de la comarca y lo devuelven a su hábitat natural: las cumbres andinas, para que siga reinando. Dicen que el Cóndor (como Icaro), vuela hacia el sol, lleno de papelitos, atados a sus patas, llevando las oraciones, deseos, ilusiones y pedidos del pueblo a Dios.
Aseguran los fanáticos, que en uno de esos papelitos viaja inscrito el nombre de la selección Colombia… Sudáfrica 2010.
¡Aleluya!