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27.09.07

Santos: ¿Qué dijo ahora?

El Ministro de la Defensa, Juan Manuel Santos, camina por estos días con la carabina al hombro, dispuesto a lanzar perdigones orales a cualquier contradictor de la política de Seguridad Democrática que el implementa, una de las debilidades del ejecutivo. Está preocupado, por el pedido que un grupo de lideres laboristas de Inglaterra le realizó al Primer Ministro Gordon Brown - ex ministro de Hacienda (típico inglés: “siempre aburrido y generalmente violento”) que reemplazó al escocés Tony Blair -, sobre la necesidad de congelar la asistencia militar a Colombia, por su infame record en materia de derechos humanos.

La solicitud, y este no es un dato menor, esta firmada por el presidente del actual Congreso Laborista, Mike Griffiths, por lo que se descuenta que le otorgaran al pedido el “fast track” (vía rápida) para su aprobación. Asegura “The Guardian” de Londres, (periódico de centro izquierda de gran credibilidad, en el Reino Unido), que unos 4.000 sindicalistas fueron asesinados en Colombia en los últimos años y que la mayoría de esos crímenes fueron cometidos por las Fuerzas Armadas y los grupos paramilitares. Nada nuevo bajo el sol.

Proclive a las intrigas palaciegas, Juan Manuel Santos, ex designado a la presidencia, ex ministro de Comercio Exterior, ex ministro de Hacienda, ex periodista, ex todo, acusado de conspirar en 1997 contra el gobierno de Ernesto Samper, junto con otros dignatarios nacionales, incluido el Cardenal Pedro Rubiano (el mismo del elefante en la cristalería), reaccionó con vehemencia ante la aseveración de la prensa inglesa y le achacó a Carlos Gaviria, presidente del Polo Democrático Alternativo, el sablazo a la imagen externa que le propinó al país con esos escritos. (Horas más tarde Santos se arrepintió, le pidió perdón a Gaviria y… gol anulado, seguimos cero a cero).

Es más verosímil, sin embargo, suponer que fueron los propios congresistas del partido Demócrata de los EEUU, ¿Por qué creen que está congelado el TLC?, quienes enviaron informaciones “clasificadas” a sus pares ingleses. Cuestión de la globalización… En términos bancarios: cruce de cuentas.

Santos no es una persona cualquiera ni es la Biblia sobre la plácida chimenea hogareña; dentro del coro polifónico que tiene el presidente Uribe en su entorno, Juan Manuel marca la voz áspera. Durante el día entona odas a la guerra y en la noche disimula ese ímpetu guerrerista con inofensivos villancicos navideños. Garrote y pan parece ser su lema de cabecera.

Ostenta el récord absoluto de “falsos positivos” (montaje sobre supuestos atentados terroristas producidos en el país por la guerrilla y que terminó siendo obra de oficiales de organismos de seguridad) más impresionantes de la historia moderna de Colombia. El simulacro de una acción incomprensible.

Falsos atentados que luego se encargó de negar con furia espartana y erudición ateniense en el Congreso de la República, el día que fue interpelando por las bancadas liberales que buscaban una moción de censura y enviarlo a su casa como soldado raso.“Santos es de los que mienten mirando a los ojos”, afirmó resignado un senador opositor luego del debate.

Pocos creen en la muerte del tenebroso “Negro Acacio”, comandante supremo de las FARC, en la Orinoquia colombiana, sólo porque el Ministro de la Defensa así lo ratifica. ¿Desapareció en acción el cadáver?. ¿Otro falso positivo?. ¿Otra pilatuna del “culi pronto” Santos?. ¡Qué falta de pereza!

Santos vive en el presente, muy despierto a las sensaciones y a la agenda que adelantan la senadora Piedad Córdoba y el presidente de Venezuela Hugo Chávez Frías, sobre el intercambio humanitario con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC. El asunto lo desvela, lo inquieta. No le convence la idea de otorgarle un desmedido protagonismo a Chávez. Desconfía del bolivariano, pero se cuida de contradecirlo públicamente. Una vigorosa presión internacional que promueve un acuerdo pacifico lo desconcierta. Nadie ignora que Santos es partidario de arrebatarle a lo “Rambo” los secuestrados a la guerrilla. Un escarmiento que tendrá que esperar, al menos por el momento, su turno a la cola de los jubilados.

Juan Manuel Santos es un civil con alma de militar, un “warmonger” (difusor de guerras), un ayatollah administrativo, un político avezado “aconductado” por la mano que mece la cuna de sus sueños presidenciales: Álvaro Uribe.

Pero, para postularse como candidato a la presidencia de Colombia en el 2010 Juan Manuel Santos, necesitará una generosa mano de barniz popular (hoy no la tiene) tacto, inteligencia, diplomacia, audacia y unos cuantos positivos verdaderos…

“Le pido perdón por no levantarme a saludarlo”. (Epitafio en la tumba de Groucho Marx ).

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20.09.07

USA:Una sanción chiquita

Chiquita Brands Company, la empresa multinacional bananera que por más de cinco años le cargó las balas a los fusiles de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC y alimentó con dinero las arcas paramilitares, saldó sus cuentas con la justicia norteamericana con una multa de 25 millones de dólares, una propina para una empresa que factura algo más de 4 mil millones anuales. Eso y una reprimenda, por parte del inexpresivo Juez Federal Royce Lamberth fue todo. Quienes esperaban una sanción acorde con la gravedad del suceso: los familiares de la inmensa cantidad de trabajadores asesinados, los desplazados por la violencia y los funcionarios de alto rango del gobierno nacional, todos, quedaron perplejos, léase desmoralizados, ante el veredicto. El crimen se paga con monedas de sangre a cinco años de plazo, según el dictamen de la Corte. En la tierra de las oportunidades la justicia es un accesorio más (on sale) que se compra y se vende con descuentos de temporada. Todo legal.

En marzo de este año, Chiquita Brands o Banadex S.A, se había declarado culpable de haber efectuado más de “cien” pagos a las AUC por un monto global de 1,7 millones de dólares. El gobierno americano actúa para casos judiciales fuera de sus fronteras, como la mujer del gangster que compra todo por catálogo y nunca conoce el precio, la procedencia, ni el valor de nada.

“Lo que hizo Chiquita Brands en Colombia fue moralmente repugnante. Mes a mes, año tras año pagaron a terroristas que, con esos fondos, pagaron las balas que mataron a colombianos inocentes”, dijo Jonathan Malis, representante del Departamento de Justicia de los Estados Unidos.

La historia de Chiquita “Los Sopranos” Brands, antigua United Fruit Company en Colombia está cubierta de zonas oscuras vinculadas a la violencia. El 6 de diciembre de 1928, en la plaza municipal de Ciénaga, Magdalena, una reivindicación social- laboral terminó en una masacre de trabajadores de la bananera por parte del ejército, cumpliendo órdenes de la empresa. De ahí en adelante los diez miembros de cada junta directiva del sindicato fueron eliminados uno a uno en los siguientes tres períodos. El hecho quedó registrado en los libros de la época que hoy nadie lee. Eran tiempos en que el machete y el fusil no descansaban.

Los muchos años de convivencia con el poder le otorgaron a Chiquita Brands el halo de intocable. Estaba por encima de las leyes. La ausencia de Estado en el noroeste colombiano convenía a sus planes de expansión y dominio. Nadie en las regiones del Urabá antioqueño y el Magdalena se animaba a contradecirles. En los 90 la guerrilla comenzó a capitalizar el descontento de los trabajadores y a ganar territorio. Había que confrontarla o retirarse. Chiquita privilegió el dinero y optó por lo primero.

Los paramilitares comenzaron a llenar los casilleros que dejaban libres las fuerzas regulares del Estado hostigados por la insurgencia de izquierda. Chiquita Brands, alentó y armó a facinerosos de derecha para que protejieran y defendieran sus intereses comerciales. Un blindaje que les permitía seguir operando y obteniendo ganancias de una tierra fatigada por el hambre y la injusticia. La compra de ambiciosos políticos de la zona fue una leve trasgresión en su palmarés delictivo. Sus ejecutivos estaban decididos a todo con tal de mantener su hegemonía en la región.

Del año 97 al 2003 sucedieron en la zona una serie de masacres y desplazamientos campesinos. Del machete y el fusil se pasó a la motosierra y al tiro de gracia. Muchos de los huéspedes internados en la cárcel de Itaguí son protagonistas principales de esos años de odio y olvido.

En el 2004 cuando ya no se podía ocultar la realidad, ni las masacres, Chiquita Brands, alzó vuelo de Colombia.

La paradoja es que estos aberrantes crímenes de lesa humanidad fueron juzgados en otro país, con otras leyes, con otros jueces, bajo otro contexto. En Colombia según la Fiscalía, no existen cargos contra los ejecutivos de Chiquita Brands que organizaron, apoyaron y ejecutaron un plan de exterminio para “cuadrar” los balances comerciales y entregar un superávit a su casa matriz con sede en los Estados Unidos.

Los mismos políticos
que antes le negaron protección a su propia gente, son los que ahora reclaman airadamente “justicia a la justicia gringa”. Colombia no pudo juzgarlos, otros lo hacen por ella…En el sistema de justicia se asienta la soberanía de un país.

La corte de Estados Unidos dictaminó que Chiquita Brands debe pagar 25 millones de dólares: un pañuelo para tanta lágrima.

Pide justicia, decía Borges, pero es mejor que no pidas nada.

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13.09.07

UVR: La cultura del desalojo

Supongamos que un buen día usted se levanta inspirado y se exige el ejercicio intelectual de escribir una obra en el denominado espectro del género chico: la televisión; donde la exigencia es menor y los errores pasan desapercibidos. El tema es libre, así, que usted elige contar una historia simple, posiblemente la suya o la de algún familiar cercano. “Historias de la vida real”, la llamaremos esta noche: como se ve, nada original (¿Acaso la realidad no imita al arte?), para no pecar de soberbios.

La novela constará de varios capítulos y de posibles alargues. Muchos personajes intervienen en el curso de los años, pero eso no le quita consistencia al guión ni incertidumbre al final. El papel de algunos actores es limitado pero no menos importante. A medida que se acerca el fin, el protagonismo de los personajes secundarios que le dan vida y lustre a la trama, cobran vigor con intervenciones decisivas. Hay de todo en el mercado de la vida: alegría, llanto, emoción, ambición, acción, olvido, drama y hasta puede terminar en tragedia ¡usted decide!. El argumento es por demás sencillo y va “increscendo” a medida que se acerca el desenlace.

Para comodidad narrativa elegimos a una pareja de recién casados, Juan y Clemencia, que deciden cumplir el sueño de la casa propia. Como sabrá apreciar el lector, nos metemos de cabeza en las profundidades de un culebrón nacional de palpitante actualidad. Busca esta pareja, cumplir su destino dentro de la sociedad ¡el amor los ilumina por dentro!

Ambos son empleados, así que recurriendo a sus prestaciones sociales y a algunos ahorros encaran el proyecto. Asumen un crédito hipotecario en UVR (unidad de valor real), pagan el reglamentario 30% que exigen los bancos y financian el otro 70% a 15 años o 180 inolvidables y tediosas cuotas. Esta contingencia no los amilana. ¿El matrimonio acaso no es para toda la vida?. El crédito es la plata de los pobres, piensan sin darse cuenta las sorpresas que les reserva el destino.

Al poco tiempo, Juan y Clemencia la feliz pareja, descubre que las cuotas del crédito hipotecario otorgado, en lugar de disminuir aumentan. Alguien les explica que todos los créditos hipotecarios están ligados al índice de precios al consumidor. Lo grave, lo obsceno, lo indigno, lo inmoral es que bajo esa premisa (la de mantener el valor del dinero prestado), los bancos recurran a la siniestra figura del anatocismo: la de cobrar intereses sobre los intereses, para una vivienda única. Este interés compuesto es tan insultante que hasta la ley lo prohíbe. ¿No es así como los organismos internacionales calculan la deuda externa?. El capitalismo en su más salvaje expresión. El mismo que hoy, por culpa de una “burbuja inmobiliaria”, tiene con “gripe” a la economía de los Estados Unidos y amenaza de pulmonía doble al resto del mundo. La gran ironía es que el propio gobierno de Colombia promueve un país de propietarios.

Aquí la historia (que seguramente nunca ganará el Pulitzer, ya dije que no es nada original), se pierde o se bifurca: nos consta que Juan y Clemencia lucharon hasta donde pudieron por honrar el compromiso hipotecario. “Se colgaron” en un par de cuotas y el banco, que se había mostrado complacido mientras pagaban les inicio un proceso, primero en el Juzgado Civil y luego lo pasó al Juzgado de Descongestión, creado para ejecutar a los morosos del sistema.

Los Bancos desprovistos de sentimiento pero no de codicia (en el último ejercicio tuvieron un superávit de más de 2.4 billones de pesos), les envían a su “grupo de tareas”, a su “brazo armado”, a la ley a quitarles la vivienda a Juan y Clemencia.

Estos se atrincheran. El barrio que los conoce serios, honestos se solidariza con su causa. La policía los ve decididos ¡a todo! y teme que una irrupción en el inmueble pueda desencadenar una tragedia. Lo más sensato, prudente es esperar y ellos esperan. La televisión cumple con su trabajo disuasivo. La imagen de gente siendo expulsada de su propia vivienda no le conviene al gobierno. El desalojo se posterga. Por esta vez han zafado…

La historia se impone a todos porque sustancialmente es verdad: verdad es que el hecho ocurrió la semana anterior en el Barrio El Encanto de Bogotá; verdad es que el préstamo fue por 65 millones de pesos; verdad es que esa familia lleva pagado 115 millones y aun adeudan, según el Banco, otros 80 millones: verdad es que los bancos tienen un cartera morosa de 897 mil millones de pesos; verdad es que esa suma incluye el cobro del tristemente célebre anatocismo; verdad es que existen más de 100 mil procesos ejecutivos (la cifra oficial sólo habla de 40 mil); verdad es que el gobierno privilegió salvar a los bancos, antes que a los hospitales (parte de la plata que hubiera podido salvar La Hortúa se utilizó para rescatar a Granahorrar y a otras financieras); verdad es que pocos comprenden la magnitud del tema; verdad es que sin inclusión social no hay modelo económico sustentable; verdad es que el alto gobierno puede cambiar la naciente cultura del desalojo compulsivo con una decisión política.

De esta historia son falsos los nombres, los políticos y el servicio al país que dicen prestar los bancos.

Otros Juan y Clemencia se preparan para defender sus viviendas…

La Democracia se robustece con la Justicia.

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06.09.07

El clon de Uribe

Una nueva aventura, misión, o cruzada ha emprendido el Ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, alias “Uribito” en contra del despeje de los municipios de Florida y Pradera en el departamento del Cauca para un eventual acuerdo humanitario; al tiempo que en Caracas se juega literalmente a suerte y verdad el destino de los secuestrados, él (suda la camiseta que pagó de su bolsillo) realiza una intensa campaña de mercadeo bajo el slogan de “No al despeje”, abriendo un nuevo frente de tormenta controversial en el conflicto. En política no hay nada peor que ser inoportuno.

Andrés Felipe Arias no es una rueda suelta dentro del alto gobierno, responde directamente a su patrón y mentor: el presidente Álvaro Uribe. Es el propio jefe de Estado quien lo protege, lo fogonea y lo lanza al ruedo. Arias, obnubilado por la firma que al pie de un decreto lo nombró Ministro de Agricultura, cargo para el cual no estaba preparado, obedece con sumisión provinciana al mandato de su amo.

Mientras los campesinos temen con fundamentadas razones la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, TLC, que podría perjudicarlos (Estados Unidos subsidia fuertemente a su agricultura. Razón por la cual tanto Brasil- la décima potencia económica del mundo- y Argentina se han alejado del Tratado), el ministro se esfuerza por demostrar que su lealtad está con el presidente y su agenda política y no con el pueblo colombiano.

Parece ignorar este “yes-man” (“si señor”, persona que siempre asiente tratando de agradar al que manda) que el conflicto armado colombiano tiene profundas raíces en el campo y desestabilizar los sectores agrícolas o pecuarios tendrá hondas repercusiones y efectos, no solo en la economía sino en el frente interno de una guerra que se pretende acabar o al menos controlar. La ambigua política alimentaría es otro tema que preocupa y que el ministro descuida por andar promoviendo causas que no le competen a su ministerio.

Para los analistas, Andrés Felipe Arias es un Yuppie (así se denomina en el mundo anglosajón a las personas bien educadas, materialistas y snob) que se ha ido granjeando la simpatía presidencial a base de un marcado, ostentoso es la palabra correcta, servilismo y una fe inquebrantable en la figura de Álvaro Uribe. Ingresó al gobierno a través del ex Ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla, quién lo fue apartando de su esfera bajo la sospecha que el “terrible Andrés Felipe”, saltaba los mandos naturales para llegar directamente al presidente. Ya era el que sería…

La oportunidad de incorporarse al entorno presidencial le llegó a Andrés Felipe Arias, cuando el presidente Álvaro Uribe, arrinconado por la crisis de la parapolitica y a instancias, léase presión, de Washington finalmente le soltó la mano a su pupila: la ex Canciller Maria Consuelo Araujo (con su hermano Álvaro preso y su padre, Álvaro Araujo Noguera, prófugo de la justicia, salpicados por ese escándalo).

Arias demostró, entonces, que no es hombre de andar desaprovechando oportunidades y estrechó aun más su relación de amistad con Álvaro Uribe. Defendió con ahínco y ceguera sus políticas de seguridad democrática en todos los foros y debates del Congreso, enfrentándose en ocasiones a políticos opositores mucho más curtidos y con mayores pergaminos en "la cosa pública". Nadie puede negar que se ganó a pulso la confianza del presidente y se convirtió en una especie de chaleco protector del mandatario.

Altivo, arrogante, trabajador y lleno de diplomas que lo acreditan como un aventajado alumno de prestigiosas universidades de Colombia y de Estados Unidos, Andrés Felipe Arias, se ha convertido en uno de los ministros más populares y mediáticos de la actual administración. Sus colegas de gabinete lo miran con cierto recelo: “cuidado que viene Uribito”, murmuran y cambian rápido de tema. Es fama que Arias es el eco, los ojos, oídos y en circunstancias hasta la voz de Uribe. Dicen que no tiene enemigos pero ningún amigo lo quiere del todo.

Sería saludable para Colombia que el Ministro de agricultura, Andrés Felipe Arias, se dedique “full time” a su cartera. Los papicultores le estarán supremamente agradecidos.

Estar bajo el paraguas del presidente puede ser beneficioso; el presidente Uribe estimula las dudas: ¿Acaso estará preparando a su protegido para darle la cartera del Interior? ¿Se calmará con alguna embajada?

Este país da para todo: "caer para arriba" en política e incluso que se premien a los "leales" incompetentes. Realismo mágico se llama...

Uribito, ¡Teléfono!
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